Devocionales

Somos hechura de Dios para buenas obras

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Somos hechura de Dios, creados para buenas obras.

Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas. — Efesios 2:10 — RVR1960

Somos hechura de Dios,
creados para buenas obras.

Durante meses pensé que servir a Dios era algo que se hacía en un escenario. Me imaginaba multitudes, micrófonos, viajes largos, aplausos. Y como mi vida no cabía en esa imagen, me sentía inútil. Las semanas se me iban entre citas médicas y días en que ni siquiera podía sostener una taza sin que me temblara la mano. «¿De qué sirvo así?», le preguntaba a Dios en voz baja, casi sin esperar respuesta.

Un día, una vecina me dejó en la ventana una macetita de barro con una plantita apenas asomando. «Cuídela», me dijo, «no necesita mucho». Al principio me pareció una tarea demasiado pequeña, casi ridícula. Pero cada mañana me acercaba a regarla, a girarla hacia la luz, a quitarle una hojita seca. Era lo único que sí podía hacer. Y para mi sorpresa, empecé a esperar ese momento con alegría.

Una tarde entendí algo mientras miraba ese brote frágil. Dios no me estaba pidiendo un escenario. Me estaba entregando algo pequeño y verdadero para cuidar con las manos que sí tenía. Empecé a escribir notas cortas a personas que sabía que estaban solas. Una llamada a la que no dejaban de llorar. Una oración por la enfermera cansada. Cosas invisibles, sin público, sin aplausos.

Efesios dice que somos hechura de Dios, creados para buenas obras «las cuales Dios preparó de antemano». No dice grandes obras. Dice buenas obras, en plural, ya preparadas, esperándome exactamente donde estoy. No en el lugar al que no puedo llegar, sino aquí, en esta casa, en esta cama, en esta ventana con una plantita de barro.

Descubrí que el propósito no era algo lejano que yo tenía que perseguir. Estaba cerca, callado, hecho a mi medida. Dios no desperdicia una vida limitada; la llena de obras que solo esa vida puede hacer. La plantita creció despacio, sin que nadie la viera crecer. Yo también. Y aprendí que lo escondido no es lo insignificante: es lo que Dios cuida con más ternura.

Oración

Padre, gracias porque soy hechura tuya, hecho por tus manos y con un propósito que tú mismo pensaste antes de que yo naciera. Perdóname cuando mido mi valor por el tamaño de lo que puedo hacer, y no por el amor con que tú me hiciste. Ayúdame a ver las buenas obras que ya preparaste para mí, tan cerca, tan a mi alcance, aunque parezcan pequeñas a los ojos de otros. Cuando la enfermedad o el cansancio me hagan sentir inútil, recuérdame que tú no desperdicias ninguna vida, ni siquiera la más limitada. Dame ojos para descubrir a quién puedo consolar hoy, aunque sea con una palabra, una oración o una nota corta. Enséñame a servirte en lo escondido con la misma alegría que si estuviera en un escenario, sabiendo que tú me ves. Gracias porque mi propósito no está lejos, sino donde tú me tienes plantado. Hazme fiel en lo pequeño. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿Qué imagen de ‘servir a Dios’ me ha hecho sentir inútil o descalificado?
  • ¿Qué buena obra pequeña y a mi alcance puedo hacer hoy, justo donde estoy?
  • ¿A quién conozco que esté solo o cansado y a quien podría animar esta semana?
  • ¿Creo de verdad que Dios preparó obras específicas para mí, o siento que me olvidó?
  • ¿En qué área escondida de mi vida puedo pedirle a Dios que me haga fiel?
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