Devocionales

Soy hija amada de Dios

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Mirad cuál amor: que seamos llamados hijos de Dios.

Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él. — 1 Juan 3:1 — RVR1960

Mirad cuál amor: que seamos llamados hijos de Dios.

Mi sobrina de cuatro años pasó el fin de semana en casa. La primera mañana la encontré parada frente al espejo del pasillo, con mi sombrero de sol puesto. Le tapaba media cara. Lo sostenía con las dos manos para que no se le cayera, y aun así apenas asomaban sus ojos. Se reía. «Mira, tía, es enorme.» Era ridículo y precioso a la vez: una cosa demasiado grande para ella, y sin embargo, ahí estaba, luciéndola como si le perteneciera.

Esa tarde, mientras dormía la siesta, pensé en cuántas veces la había alzado sin siquiera darme cuenta. Le serví el desayuno, le busqué el vaso que le gusta, la abracé cuando tropezó. Nada de eso ella lo pidió con méritos. No tuvo que ganarse un lugar en mi cuidado. Lo tiene por ser quien es. Por ser de la familia.

Jesús dijo algo que me dejó pensando: «Si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?» El «cuánto más» me desarma. Si yo, cansada e imperfecta, cuido a esta niña sin llevar cuentas, ¿cuánto más Dios?

Muchas veces me acerco a Él como quien va a rendir un examen. Repaso mis fallas, me pregunto si merezco ser escuchada, si esta vez sí califico. Pero el amor de Dios no funciona por auditoría. No soy hija por buen comportamiento. Soy hija porque Él me llamó suya.

Y ahí está lo asombroso: cuando el cuidado es tan completo, casi se vuelve invisible. Mi sobrina no anda contando cuántas veces la abracé; simplemente vive segura. Así quiere Dios que yo viva. No midiendo Su amor, sino descansando en él.

«Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios.» No dice «para que nos volvamos» hijos si nos portamos bien. Dice que ya lo somos, llamados por Su nombre. La corona que llevo es demasiado grande para mis manos, y aun así me pertenece, porque no la gané: la heredé. Hoy dejo de auditarme. Soy hija amada del Rey.

Oración

Padre, gracias porque no tengo que ganarme Tu amor como quien rinde un examen. Muchas veces me acerco a Ti repasando mis fallas, preguntándome si esta vez merezco ser escuchada. Perdóname por olvidar que ya me llamaste hija. No me hiciste parte de Tu familia por mi buen comportamiento, sino por Tu bondad. Ayúdame a descansar en eso. Que deje de medir y contar, y que simplemente viva segura en Tu cuidado, como una niña que no lleva registro de los abrazos que recibe. Cuando la ansiedad me diga que primero debo estar en orden para acercarme a Ti, recuérdame el «cuánto más» de Jesús: si un padre imperfecto sabe dar cosas buenas, cuánto más Tú. Gracias porque la corona que me diste es demasiado grande para mis manos, y aun así me pertenece, porque no la gané: me la heredaste. Hoy escojo creer que soy Tuya, llamada por Tu nombre, amada sin condiciones. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿Me acerco a Dios como hija o como quien va a rendir un examen? ¿Por qué?
  • ¿Qué fallas suelo repasar antes de sentir que puedo orar?
  • ¿Qué cambiaría en mi día si viviera segura de ser hija amada, sin medir el amor de Dios?
  • Piensa en un cuidado que has recibido sin pedirlo con méritos. ¿Cómo te habla eso del «cuánto más» de tu Padre?
  • ¿Qué significa para ti que Dios te haya llamado suya antes de que te lo ganaras?
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