Soy hijo amado de Dios
Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. — Efesios 5:1 — RVR1960

El otro día escuché a mi hija de cuatro años hablarle a su muñeca. Estaba sentada en el piso de la cocina, meciéndola despacio, y le decía con una vocecita muy seria: «Ya, ya, no pasa nada, aquí estoy con vos». Me quedé congelada con el trapo en la mano. Esas eran mis palabras. Ese era mi tono, hasta el suspiro que hago cuando la abrazo de noche. Nadie le enseñó a decir eso. Solo lo había escuchado tantas veces que le salió sin pensar.
Salí de la cocina para reírme un poco, pero antes de terminar de reírme ya se me había metido una pregunta en el pecho. Mi hija no imita lo que yo explico. Imita lo que yo soy cuando estoy cerca de ella. Refleja lo que ha estado escuchando, sin darse cuenta, día tras día.
Y entonces pensé en mí y en Jesús. Yo me esfuerzo tanto por «portarme» como cristiana, por decir lo correcto, por parecer paciente. Pero ese esfuerzo casi siempre nace desde lejos, como quien copia un gesto que vio de pasada. Lo que de verdad transforma no es intentar más fuerte desde la distancia. Es la cercanía. Uno refleja aquello a lo que ha estado cerca.
Mi hija habla como yo porque pasa horas conmigo, no porque practique. Y yo empezaré a sonar como Jesús, a mirar como Él mira, a ablandarme donde antes me endurecía, cuando pase tiempo pegada a Él. No para ganarme su cariño. Ese ya lo tengo. Pablo lo dice con una ternura que me desarma: «Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados».
Hijos amados. No empleados a prueba. No niños actuando para que el Padre por fin sonría. Ya soy amada, y desde ese amor aprendo a parecerme a Él, como una hija que pasa la tarde en la cocina y sin querer se lleva el tono de la casa en la voz.
Hoy no quiero esforzarme más lejos de Jesús. Quiero acercarme. Quiero que la gente que me escucha, sin yo darme cuenta, alcance a oír un eco de Él. Que digan: «esa palabra tan tierna, ya la había escuchado antes». Y que sea suya.
Oración
Padre, gracias porque antes de pedirme que me parezca a Ti, ya me llamaste hijo amado. No me acerco a Ti para ganarme tu cariño, sino porque ese cariño ya es mío y me sostiene. Perdóname las veces que me esfuerzo por parecer bueno desde lejos, copiando gestos de fe sin buscar tu rostro. Sé que así solo me canso. Enséñame lo que mi propia casa me enseñó sin palabras: que uno refleja aquello a lo que ha estado cerca. Quiero pasar tiempo contigo, Señor, quieta a tus pies, escuchando tu voz hasta que tu tono se me quede en la voz. Ablándame donde estoy dura. Suaviza mis palabras. Que tu paciencia y tu ternura se me peguen sin que yo lo note, como se le pega a un niño el modo de hablar de quien lo ama. Y concédeme algo que anhelo de verdad: que quienes me rodean vean menos de mí y más de Ti. Que oigan un eco tuyo en lo que digo y sepan que ese eco es tuyo. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿A quién o a qué me estoy pareciendo últimamente sin darme cuenta? ¿Refleja eso a Jesús?
- ¿Estoy tratando de imitar a Dios desde la distancia, esforzándome, o desde la cercanía?
- ¿Creo de verdad que ya soy hijo amado, o todavía actúo como si tuviera que ganarme su cariño?
- ¿Qué costumbre concreta puedo tomar esta semana para pasar más tiempo cerca de Jesús?
- Si alguien me observara todo un día, ¿qué eco de Cristo alcanzaría a escuchar en mí?



