Devocionales

Su gracia me basta

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Su gracia me basta. En mi debilidad, Él es mi fuerza.

Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. — 2 Corintios 12:9 — RVR1960

Su gracia me basta.
En mi debilidad, Él es mi fuerza.

Hay tardes en que llego al final de mí misma antes de las cinco.

Lo recuerdo bien: la casa hecha un desorden, el teléfono sonando por segunda vez con una noticia que no sabía cómo cargar, y los niños pidiéndome lo mismo diez veces en dos minutos. Sentí cómo se me acababa la paciencia como se acaba el agua de un vaso. Y entonces salió de mí una versión que no me gusta. La voz más alta de lo necesario. Las palabras cortantes. La cara tensa.

Cuando por fin hubo silencio, me quedé sentada en la cocina sintiéndome un fracaso. «No soy así», me repetía. «No quiero ser así.» Pero ahí estaba la verdad incómoda: la calma que yo creía tener no era fortaleza. Era solo comodidad. Mientras todo estaba tranquilo, yo parecía serena. En cuanto el calor apretó, quedó a la vista quién soy realmente cuando estoy vacía.

Y quizás por eso Dios permite que lleguemos hasta el fondo del vaso. No para avergonzarnos, sino para mostrarnos que nunca fuimos la fuente. Él lo es.

Esa tarde no pude arreglar nada por mí misma. Solo pude hacer tres cosas muy pequeñas. Detenerme. Mirar hacia arriba. Y decir: «Señor, no puedo con esto. Te necesito.»

Lo asombroso es lo que Dios respondió a Pablo cuando él también estaba al límite: «Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad.» No dijo: primero ponte fuerte y luego te ayudo. Dijo que su poder se muestra justamente donde yo ya no tengo. Dios no me pide que llegue entera. Me recibe agotada, y ahí, en el hueco de mi debilidad, derrama lo que a mí me falta.

Descubrí que esa misma oración sirve para una tarde difícil y para una temporada larga. Para el momento en que pierdo la paciencia y para los meses en que no veo salida. Es siempre la misma entrega: soltar la ilusión de que puedo sola.

Si hoy estás vaciándote, no te condenes por no ser suficiente. Nunca lo fuiste, y esa es exactamente la buena noticia. Detente. Mira hacia arriba. Y di la oración. Él ya está inclinándose hacia ti.

Oración

Señor, aquí estoy con las manos vacías y el corazón cansado.

Confieso que muchas veces confundí mi comodidad con fortaleza, y presumí de una paz que solo duraba mientras todo iba bien. Perdóname por las tardes en que me convierto en alguien que no quiero ser, por la voz cortante, por la impaciencia que se derrama cuando llego al límite.

Gracias porque no me pides que llegue fuerte para poder ayudarme. Gracias porque tu gracia me basta, y porque tu poder se perfecciona justamente donde yo ya no puedo. No tengo que fingir contigo. Puedo mostrarte mi debilidad sin miedo, porque es allí donde Tú te haces grande.

Hoy me detengo. Levanto la mirada hacia ti. Y te digo con toda sinceridad: no puedo con esto, te necesito. Recíbeme agotada y lléname de lo que me falta. Sé mi fuerza en esta tarde difícil y en la temporada larga que no sé cómo cargar.

Enséñame a soltar la ilusión de que puedo sola, y a descansar en que Tú sostienes lo que yo suelto. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿En qué área de mi vida he confundido la comodidad con la verdadera fortaleza?
  • ¿Qué siento cuando llego al final de mis fuerzas: vergüenza, alivio, miedo? ¿Por qué?
  • ¿Cómo cambia mi día saber que Dios me recibe vacía y no me pide llegar entera?
  • ¿Hay una entrega concreta que necesito hacer hoy, en palabras sencillas, ante Dios?
  • ¿Qué significaría para mí practicar hoy esos tres pasos: detenerme, mirar hacia arriba, decir la oración?
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