Su poder descansa sobre mí
Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. — 2 Corintios 12:9 — RVR1960

Durante años creí que la fuerza era algo que yo tenía que fabricar. Me levantaba temprano decidido a ser más paciente, más constante, más útil, como quien se ata una carga a la espalda y aprieta los dientes para no dejarla caer. Y funcionaba unos días. Luego llegaba el cansancio, y con él esa voz que me decía que si me faltaban fuerzas, era porque algo en mí estaba mal.
Una tarde ayudé a mi sobrina a llevar una regadera hasta las macetas del patio. Era pequeña, y la regadera, aun con poca agua, le pesaba. La vi tambalearse, apretar el mango con las dos manos, mordiéndose el labio. Iba a decirle que la soltara, pero antes de que hablara, ella simplemente se detuvo, levantó la cara y me dijo: «Ayúdame, que ya no puedo». No lo dijo con vergüenza. Lo dijo como quien confía. Puse mis manos junto a las suyas y entre los dos regamos las plantas, ella riendo, yo sosteniendo casi todo el peso.
Me quedé pensando en esa frase suya toda la noche. «Ya no puedo.» Cuánto tiempo había gastado escondiendo justamente eso de Dios, como si mi debilidad fuera un secreto que me descalificaba. Pero mi sobrina no se descalificó al pedir ayuda; se abrió a ella.
Esa noche abrí la carta de Pablo y leí las palabras que Dios le dijo cuando pedía tres veces que le quitara su aguijón: «Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad.» No decía: espera a estar fuerte y entonces vendré. Decía casi lo contrario. Que era precisamente en mi flaqueza donde su poder encontraba lugar para descansar, como una mano firme puesta sobre unas manos que ya no pueden.
Entendí que no me toca a mí sostener el peso de mi propia vida. Me toca levantar la cara y decir la verdad: ya no puedo. Y en ese momento, sin que yo lo merezca ni lo fabrique, su poder reposa sobre mí. No para reemplazar mi debilidad con vergüenza, sino para llenarla de Él. Desde entonces, cuando me tambaleo, ya no aprieto los dientes. Abro las manos.
Oración
Señor, vengo cansado de fingir que puedo con todo. He gastado tanta fuerza escondiendo mi debilidad, como si tuviera que llegar a ti solo cuando estuviera entero. Hoy quiero decirte la verdad sencilla: ya no puedo. Y descubro que esa confesión no me aleja de ti, sino que abre un lugar donde tu poder puede reposar. Gracias porque tu gracia me basta; no necesito ganarla ni completarla. Gracias porque no llevas la cuenta de mis fallas para negarme tu ayuda. Enséñame a levantar la cara en vez de apretar los dientes, a pedir en vez de esconderme. Cuando me tambalee bajo cargas que no me tocaba cargar solo, recuérdame que tú pones tus manos junto a las mías. Que mi debilidad deje de darme vergüenza y se vuelva el lugar donde te encuentro. Perfecciona tu fuerza en lo que me falta, y que otros vean, no lo fuerte que soy yo, sino lo tierno y poderoso que eres tú. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Qué carga estoy tratando de sostener con los dientes apretados, sin pedir ayuda?
- ¿En qué área siento vergüenza de mi debilidad, como si me descalificara ante Dios?
- ¿Cómo cambiaría mi día si creyera que su poder reposa justamente donde soy débil?
- ¿A quién le he escondido mi cansancio por temor a parecer insuficiente?
- ¿Qué significaría hoy, en concreto, abrir las manos en lugar de apretarlas?
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