Sus misericordias sobre todas sus obras
Bueno es Jehová para con todos, y sus misericordias sobre todas sus obras. — Salmo 145:9 — RVR1960

Mi hija menor tiene la costumbre de guardar cosas rotas. Un pájaro que encontró en el jardín, sin vida, lo envolvió en una servilleta y lo dejó en una caja de zapatos junto a su cama. «Mañana va a despertar», me dijo con una seguridad que no admitía discusión. Yo no supe qué contestar. Le expliqué, con palabras suaves, que a veces las cosas no despiertan. Ella me miró como si yo no entendiera nada, como si mi falta de fe fuera el único problema. A la mañana siguiente el pájaro seguía quieto. La abracé mientras lloraba, y no le prometí que la próxima vez sería distinto.
Me gustaría contarles solo esa historia tierna y dejarla ahí, con su moraleja limpia. Pero no sería honesto.
Porque yo también he guardado cosas en una caja, esperando que despierten. He orado por sanidades que no llegaron. He pedido reconciliaciones que no ocurrieron. He rogado por milagros que tenían todo el sentido del mundo, cosas buenas, cosas que Dios ciertamente ama, y aun así la respuesta fue silencio, o fue no. Y no voy a fingir que eso no dolió, ni que lo entendí, ni que encontré la razón escondida detrás. A veces no hay razón que uno alcance a ver desde aquí.
En esos días me aferré a algo más viejo que mis oraciones sin respuesta. «Bueno es Jehová para con todos, y sus misericordias sobre todas sus obras.» No dice que su bondad depende de que me dé lo que pido. Dice que su misericordia cubre todo lo que ha hecho, incluyéndome a mí en mi pérdida, en mi enojo, en mi confusión.
Dios no es bueno porque conceda milagros. Es bueno porque su carácter no cambia cuando el milagro no viene. Él no se aparta del que llora en la caja de zapatos. Se sienta ahí, y llora también.
Entregarme no fue dejar de pedir. Fue dejar de medir su bondad por lo que me daba, y descansar en quién Él es. Aun sin la respuesta que quería, su misericordia seguía debajo de mí, sosteniéndome como el suelo que no vemos pero que siempre está.
Oración
Señor, vengo con las manos vacías y el corazón todavía adolorido. Oré por cosas buenas que no llegaron, y no entiendo por qué. No voy a fingir delante de ti que estoy en paz cuando aún duele. Tú conoces cada oración que quedó sin respuesta, cada caja que guardé esperando que despertara. Enséñame a no medir tu bondad por lo que me das, sino a descansar en quién eres. Tú eres bueno para con todos, y tu misericordia cubre todo lo que has hecho, incluyéndome a mí. Cuando no puedo ver la razón, ayúdame a confiar en tu carácter que no cambia. Gracias porque no me pides que finja alegría ni que entienda todo. Gracias porque te quedas conmigo en el llanto, porque tu misericordia está debajo de mí aunque yo no la sienta. Recíbeme tal como estoy, con mis preguntas y mi cansancio, y sostenme con esa bondad que no depende de mí. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Qué oración buena guardo todavía en una caja, esperando una respuesta que no llega?
- ¿Cómo he medido la bondad de Dios por lo que me da, en lugar de por quién es?
- ¿Qué siento hacia Dios cuando el milagro no viene, y me atrevo a decírselo?
- ¿Qué significaría para mí descansar en su carácter aunque no cambie mi situación?
- ¿Dónde he visto la misericordia de Dios sosteniéndome sin que yo lo notara?
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