Devocionales

Todo lo puedo en Cristo que me fortalece

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Todo lo puedo en Cristo que me fortalece

Todo lo puedo en Cristo que me fortalece. — Filipenses 4:13 — RVR1960

Todo lo puedo en Cristo
que me fortalece

Esta mañana miré la lista de cosas por hacer y sentí que el día pesaba más de lo que yo podía cargar. Reuniones, llamadas pendientes, una conversación difícil que llevaba días evitando, y encima el cansancio que arrastraba desde la semana anterior. Me senté con el café enfriándose y pensé: «¿Cómo voy a poder con todo esto?».

Me acordé de cuando era niña y veía a mi papá levantar sacos de cemento en la construcción. Yo, con mis brazos flaquitos, intentaba mover uno y no lo lograba ni un centímetro. Me frustraba. Un día él me dijo algo que nunca olvidé: «No trates de cargar lo de mañana con las fuerzas de hoy. Cada saco se levanta cuando toca levantarlo, no antes».

Eso es exactamente lo que hace Dios conmigo. Yo quiero tener hoy las fuerzas para todos los problemas de la semana, guardadas por adelantado, como quien llena una despensa. Pero Dios no funciona así. Su fuerza no se almacena; se entrega. Llega en el momento justo, con el peso justo. No un minuto antes de que lo necesite, tampoco un minuto después.

Cuando Pablo escribió «todo lo puedo en Cristo que me fortalece», no estaba presumiendo de ser fuerte. Estaba confesando lo contrario: que él, por sí solo, no podía. Su secreto era que la fuerza venía prestada, venía de Otro, y venía cada día como el maná, sin poder guardarse para después.

Esa conversación difícil que estuve evitando por fin la tuve esta tarde. Y ¿sabes qué? Las palabras que necesitaba aparecieron cuando abrí la boca, no antes. La paz que buscaba llegó cuando me hizo falta, no cuando la ensayaba en mi cabeza a las seis de la mañana.

Así que dejé de preocuparme por si tendré fuerzas para lo que viene. La pregunta no es si podré con la carga completa. La pregunta es si confío en que Cristo estará ahí, sosteniendo el otro extremo, cuando llegue el momento de levantarla. Y sí, confío. Su gracia me basta, y su poder se perfecciona justo en mi debilidad.

Oración

Señor, hoy me acerco a ti con las manos cansadas y el corazón que se adelanta a preocupaciones que ni siquiera han llegado. Perdóname por querer cargar hoy lo que solo tendré que enfrentar mañana, como si tuviera que guardar tus fuerzas por adelantado. Tú no me diste un depósito, me diste tu presencia. Enséñame a recibir tu fortaleza día a día, en el momento exacto en que la necesito, sin adelantarme ni desesperarme. Gracias porque tu gracia me basta, porque cuando soy débil, allí se muestra tu poder. Recuérdame que Pablo no dijo que él era fuerte, sino que en ti todo lo podía. Que yo aprenda esa misma dependencia sencilla y confiada. Cuando llegue la carga que hoy me asusta, dame la certeza de que tú estarás sosteniendo el otro extremo. Quítame el afán de esta mañana y dame el pan de hoy, la fuerza de hoy, la paz de hoy. Y mañana volveré a tus manos por lo que me toque mañana. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿Qué carga estoy tratando de levantar hoy con fuerzas que todavía no me hacen falta?
  • ¿En qué momento del pasado la fuerza de Dios llegó justo cuando la necesitaba y no antes?
  • ¿Qué significa para mí que la gracia de Dios se perfecciona en mi debilidad y no en mi fortaleza?
  • ¿Estoy confiando en Cristo o en mi propia capacidad para lo que viene esta semana?
  • ¿Qué preocupación de mañana puedo entregarle hoy a Dios para recibir solo la fuerza de hoy?
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