Tú eres mi esperanza, Señor
Porque tú, oh Señor Jehová, eres mi esperanza, seguridad mía desde mi juventud. — Salmo 71:5 — RVR1960

Hubo una temporada en que me pedía a mí misma sentir esperanza como quien aprieta un botón. Me repetía «anímate, todo va a estar bien», y esas palabras se caían al piso antes de llegar a mi corazón. Cuanto más me esforzaba por fabricar el sentimiento, más cansada quedaba. Era como querer prender una lámpara soplándole.
Una tarde gris me senté junto a la ventana grande de la sala. No tenía fuerzas para nada, ni siquiera para orar bonito. Solo giré la silla y me quedé mirando hacia afuera, hacia la luz que entraba tibia por el vidrio. No hice nada más. No generé ningún ánimo. Simplemente me quedé de cara a la claridad.
Y ahí entendí algo que había estado buscando en el lugar equivocado. La esperanza no era una emoción que yo tenía que producir. La esperanza era Alguien hacia quien yo podía voltear. No se trataba de convencerme de que me sentía bien; se trataba de girarme hacia Dios, que ya estaba ahí, luminoso y sereno, esperando que yo dejara de mirar hacia adentro para mirarlo a Él.
Me acordé del salmista: «Tú, oh Señor Jehová, eres mi esperanza». No dice «tengo esperanza», dice «tú eres mi esperanza». Qué alivio. Yo no soy la fuente. La fuente es Él, y Él no se apaga cuando yo me siento vacía.
Somos pequeños delante de un Dios inmenso, y esa pequeñez puede asustarnos o puede descansarnos. Ese día decidí que descansara. Como un niño que se para frente a una ventana enorme y no calcula la luz, solo la recibe, así me quedé yo. No forcé nada. Solo dejé que la presencia de Dios llenara el espacio que mis fuerzas no alcanzaban.
Desde entonces, cuando me falta el ánimo, ya no me exijo sentirlo. Hago algo más sencillo y más honesto: me giro hacia Él. Le digo «Señor, sé tú mi esperanza hoy, porque yo no la tengo». Y en ese giro, cuando dejo de fabricar y empiezo a confiar, la luz que buscaba adentro entra por fin desde Él.
Oración
Señor, hoy dejo de exigirme sentir lo que no siento. Estoy cansada de fabricar ánimo con mis propias fuerzas, y reconozco que la esperanza no nace dentro de mí, sino que eres Tú. Me giro hacia ti como un niño se para frente a la ventana para recibir la luz. No vengo a impresionarte con mi fe; vengo pequeño, vacío, honesto, a mirarte. Tú eres mi esperanza desde mi juventud, y sigues siéndolo aunque mis emociones cambien con el clima. Cuando la tristeza me diga que todo está oscuro, recuérdame que la oscuridad está en mi mirada, no en tu presencia. Ayúdame a voltear hacia ti antes de intentar arreglarlo todo por dentro. Descansa mi corazón agotado en tu carácter, que no falla. Llena con tu luz el espacio que mis fuerzas no alcanzan. Sé mi esperanza hoy, Señor, y mañana, y cada mañana gris que venga. En ti confío. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿En qué áreas he intentado fabricar esperanza como un sentimiento en lugar de voltear hacia Dios?
- ¿Qué significa para mí que la esperanza sea una Persona y no una emoción?
- ¿Cómo se ve en mi vida diaria el simple acto de girarme hacia Dios cuando estoy sin fuerzas?
- ¿Dónde me asusta mi pequeñez, y cómo podría convertirse en descanso delante de un Dios inmenso?
- ¿Qué palabras honestas puedo decirle a Dios hoy, aunque no me salga la fe bonita?



