Devocionales

Tú guardarás en completa paz a quien confía en ti

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En Tu presencia, Señor, mi corazón descansa en completa paz.

Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado. — Isaías 26:3 — RVR1960

En Tu presencia, Señor, mi corazón descansa en completa paz.

Esta mañana desperté con la lista de siempre dando vueltas en mi cabeza. Las cuentas que no cierran, la llamada que no quiero hacer, la salud de alguien que amo. Sin darme cuenta, ya estaba respirando rápido antes de poner un pie en el piso.

Salí un momento al patio, todavía en pantuflas, con el café tibio entre las manos. El cielo apenas empezaba a aclarar, ese azul pálido de diciembre que no promete nada y lo promete todo. Y me senté en el escalón, pequeña frente a un día que me parecía enorme.

Me acordé de algo que suele pasarme cuando estoy cansada: mi primer impulso es correr, resolver, tapar huecos. Pero esa mañana no tenía a dónde correr. Solo podía quedarme quieta. Y en esa quietud, sin que cambiara ni una sola de mis circunstancias, sentí que no estaba sola frente a lo grande. Alguien más grande estaba conmigo.

Esa es la paz que Dios promete en Isaías 26. No es un mar que se aleja de la orilla para dejarme el horizonte despejado. Es un mar que me rodea y me sostiene justo donde estoy, con las olas del día todavía moviéndose. La paz de Dios no me saca de la tormenta: me da un lugar firme dentro de ella.

En Navidad celebramos que el Príncipe de Paz no nació en un mundo tranquilo. Nació en un establo, bajo un imperio hostil, con una familia que pronto tuvo que huir. Vino a un mundo intranquilo para ser Él mismo nuestra paz. No vino a borrar el horizonte de mis problemas, sino a estar presente en medio de ellos.

Aquel día no resolví casi nada de mi lista. Pero volví adentro distinta. Confiar no fue negar el peso, fue apoyar el peso en Él. Descansé en lugar de correr. Y descubrí que la paz no era el resultado de tener todo bajo control, sino el fruto de saber en las manos de quién estaba todo.

Hoy, si tu corazón late apurado antes de empezar el día, no tienes que resolverlo todo primero. Siéntate un momento con Él. Fija tu pensamiento en su presencia. Él te guardará en completa paz.

Oración

Señor, tú conoces el ruido que traigo por dentro. Sabes las preocupaciones que me despiertan temprano y las que me acompañan hasta la noche. Vengo a ti tal como estoy, cansada y pequeña frente a cosas que me superan.

Gracias porque tu paz no depende de que todo se acomode primero. Gracias porque no me pides que huya de la tormenta, sino que me quede quieta en tu presencia. Tú eres mi lugar firme en medio de las olas.

Hoy quiero fijar mi pensamiento en ti y no en mis temores. Enséñame a confiar cuando no entiendo, a descansar cuando quiero correr, a apoyar mi peso en tus manos. Príncipe de Paz, tú viniste a un mundo intranquilo para ser mi paz; sé también la paz de mi corazón hoy.

Guárdame en completa paz, no porque yo sea fuerte, sino porque tú estás cerca. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿Qué preocupación es la primera que aparece cuando despierto, y qué le diría a Dios sobre ella hoy?
  • ¿En qué área de mi vida mi primer impulso es correr y resolver en lugar de descansar en Él?
  • ¿Qué significa para mí que la paz de Dios me rodea en la tormenta en vez de quitarla?
  • ¿Cómo puedo ‘fijar mi pensamiento’ en Dios en medio de un día ocupado?
  • ¿Dónde he visto que confiar en Dios me trajo calma aunque las circunstancias no cambiaran?
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