Devocionales

Tu vara y Tu cayado me infunden aliento

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Tu vara y Tu cayado me infunden aliento.

Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento. — Salmo 23:4 — RVR1960

Tu vara y Tu cayado
me infunden aliento.

El otro día se fue la luz justo cuando empezaba la tormenta. Mi sobrino de siete años estaba de visita, y en cuanto todo quedó a oscuras lo escuché quedarse muy quieto en el sillón. No lloró. Solo preguntó, con una vocecita que se hizo más pequeña de golpe: «¿Tú estás ahí?». No preguntó cuándo volvería la luz. No preguntó por la tormenta. Preguntó por mí.

Me senté a su lado en la oscuridad y le tomé la mano. «Aquí estoy», le dije. Y sentí cómo su respiración se soltaba, como un nudo que por fin cede. No le expliqué nada de electricidad ni de rayos. No hacía falta. Le bastaba saber que no estaba solo en lo oscuro.

Esa noche pensé en cuántas veces yo he hecho la misma pregunta, aunque disfrazada de otras. Debajo del diagnóstico que espero, de la deuda que no cierra, del futuro que no logro ver, casi siempre late lo mismo: «¿Estoy solo en esto?».

Abrí el Salmo 23 y me detuve en algo curioso. David describe cosas duras: el valle, la sombra, la muerte que se asoma. Pero cuando llega a lo más oscuro, cambia la forma de hablar. Ya no dice «Él me guía» ni «Él restaura». De repente dice: «Tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento». Pasa de hablar de Dios a hablarle a Dios. Justo en la oscuridad deja de describirlo y le toma la mano.

La vara y el cayado no eran armas mágicas que espantaban al valle. Eran las herramientas de un pastor que caminaba al lado. No sacaban al rebaño del camino difícil; lo acompañaban a través de él.

Jesús mismo conoció el miedo desde adentro. En Getsemaní sudó y tembló, y aun así cruzó su propio valle sin soltar al Padre. No me promete quitar la oscuridad de un soplo. Me promete algo mejor: que en medio de ella no soltará mi mano. Y a veces, cuando pregunto temblando «¿Tú estás ahí?», la respuesta no es una explicación. Es una presencia que dice: «Aquí estoy».

Oración

Padre, tantas veces te hablo desde lejos, como si te describiera a alguien más. Hoy quiero hablarte a Ti, de frente, en medio de lo que me da miedo. Tú sabes lo que llevo por dentro, las preguntas que no me atrevo a decir en voz alta, el temblor que nadie ve. Cuando todo se pone oscuro y siento que estoy solo, recuérdame que Tu vara y Tu cayado siguen a mi lado. No te pido que me expliques cada cosa. Te pido lo que de verdad necesito: saber que estás aquí. Como un buen pastor que no abandona al rebaño en el valle, camina conmigo. Dame aliento cuando las fuerzas se me acaben. Enséñame a soltar la ansiedad tomándote la mano. Y cuando el miedo vuelva a preguntar «¿estoy solo?», ayúdame a escuchar Tu voz que responde: «Aquí estoy contigo». Gracias porque Jesús cruzó su propio valle sin soltar al Padre, y por eso yo puedo cruzar el mío sin soltarte a Ti. En Su nombre, amén.

Para reflexionar

  • ¿Qué miedo estoy describiendo «desde lejos» que hoy podría entregarle a Dios hablándole de frente?
  • Cuando me da miedo, ¿qué pregunto en realidad debajo de mis preguntas?
  • ¿En qué momento he sentido que Dios caminaba conmigo sin quitarme el problema?
  • ¿Qué significaría para mí hoy pasar de hablar «de» Dios a hablarle «a» Dios?
  • ¿Dónde necesito escuchar ahora mismo esas dos palabras: «Aquí estoy»?

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