Parábolas Para El Alma

Una cucharada no se nota, pero te deja bajo la línea roja

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Una cucharada no se nota, pero te deja bajo la línea roja

“Un joven aprendiz recibe un cuenco de miel para custodiarlo en una plaza junto al estanque. Su orgullo tropieza con una tentación tan pequeña que parece imposible de contar.”

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En una plaza sombreada por jacarandas, junto al estanque de aguas quietas, un sabio anciano confiaba a su joven aprendiz una tarea sencilla. Sobre la banca de piedra colocó un cuenco de miel. Por fuera, alrededor del cuenco, había trazado una línea roja.

"Esta miel es para un remedio", le dijo. "Pronto vendrá un enfermo de fiebre y la necesitaremos toda. Tu única labor es cuidarla intacta hasta que llegue. No dejes que baje de la línea roja."

El aprendiz asintió con orgullo. Le parecía la tarea más fácil del mundo. ¿Quién no podía cuidar un cuenco de miel?

Esa misma mañana, mientras pasaba junto a la banca, el aroma dulce lo detuvo. "Una sola cucharadita", pensó, "no hará ninguna diferencia. El cuenco está casi lleno." Metió la cuchara, probó la miel y siguió su camino. Tenía razón: el nivel apenas se movió.

Al mediodía volvió a pasar y se dijo lo mismo. "Es solo una cucharadita. Nadie lo notará." Por la tarde, otra vez. Y al día siguiente, ya sin pensarlo demasiado, su mano buscaba la cuchara cada vez que cruzaba frente al cuenco. El gesto se había vuelto costumbre. Cada vez se repetía la misma frase: "Casi nada. Una sola."

Los días pasaron. El aprendiz seguía convencido de que cuidaba bien la miel, porque ninguna de sus cucharadas le parecía grande. Nunca tomaba mucho. Solo un poco, una y otra vez.

Una tarde, el enfermo llegó por fin, temblando de fiebre, sostenido por su familia. El anciano corrió a la banca y tomó el cuenco para preparar el remedio. Entonces se detuvo. Inclinó el cuenco hacia la luz y miró el nivel de la miel.

Estaba muy por debajo de la línea roja. No alcanzaba para el remedio.

El aprendiz, pálido, no entendía cómo había ocurrido. Él jamás había tomado una porción grande. Solo cucharaditas, pequeñas, inofensivas. Pero el anciano pasó el dedo por el borde y dijo en voz baja: "No la vació un solo robo. La vaciaron cien permisos pequeños que decidiste no contar."

Moraleja: así también nosotros perdemos el dominio propio. No lo perdemos de golpe, en una gran caída que cualquiera vería venir. Lo perdemos en la cucharadita que nos parece insignificante, en el "solo por hoy", en el "una vez más no hace daño". Cada permiso pequeño que decidimos no vigilar va formando una costumbre, y cuando llega el momento de necesitar nuestra fuerza, la encontramos por debajo de la línea roja. Vigilemos hoy los primeros impulsos, porque en lo pequeño se decide si gobernamos nuestros hábitos o terminamos sirviéndoles cucharada tras cucharada.

Versículo

Como ciudad derribada y sin muro es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda. – Proverbios 25:28

Reto para hoy

Hoy identifica una "cucharadita" que sueles justificar: revisar el celular de noche, contestar con dureza o gastar sin pensarlo. ¿A quién podrías avisarle antes de que termine el día para que te pregunte cómo vas? Pon un límite medible para esta semana y escríbelo donde lo veas. Cuando aparezca el impulso, espera diez minutos y manda un mensaje a esa persona antes de ceder.

Oración

Dios, muéstrame ese permiso pequeño que he dejado pasar como si no importara. Dame dominio propio cuando aparezca el impulso que suelo justificar. Ayúdame hoy a poner un límite claro y a pedir ayuda sin orgullo. Que mi fuerza no se vacíe en secreto, cucharada tras cucharada. Amén.

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