Venid, adoremos y postrémonos
Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor. — Salmo 95:6 — RVR1960

Mi hija de seis años estaba aprendiendo a andar en bicicleta sin rueditas. La tarde entera fue una batalla: pedaleaba tres metros, se tambaleaba, se caía, se levantaba con las rodillas raspadas y volvía a empezar. Yo corría a su lado sosteniendo el asiento, prometiéndole que no la soltaría. Pero llegó un momento en que ella, cansada y frustrada, tiró la bicicleta al pasto y se sentó en el suelo llorando.
Me agaché frente a ella. Y en vez de decirle «vamos, una vez más», me quedé callada. Ella se abrazó a mi cuello y descansó. Solo eso. Dejó de pelear con la bicicleta y se dejó abrazar.
Mientras la sostenía, sentí que Dios me hablaba a mí. Porque yo también llevaba semanas pedaleando, cayéndome, levantándome sola, decidida a resolver todo por mi cuenta. Mi oración se había vuelto un trámite rápido antes de dormir, cuando ya no me quedaban fuerzas para nada más. Oraba de pie, con prisa, como quien pasa lista.
Esa noche, después de acostar a mi hija, hice algo que no hacía desde niña: me arrodillé junto a la cama. No porque estuviera obligada, sino porque quería. Descubrí que arrodillarse no es solo el gesto del que ya no puede más. Es también el gesto del que reconoce quién es Dios y quién soy yo. Es venir a adorar.
El salmo dice: «Venid, adoremos y postrémonos». No dice «cuando ya no aguanten, arrodíllense». Es una invitación gozosa, una que empieza con un «venid». Como cuando mi hija corrió a mis brazos: no fue derrota, fue confianza.
Aquella noche entendí que la oración de rodillas no era mi último recurso, sino mi primer descanso. No estaba tirándome al suelo vencida; estaba viniendo, como una hija, a los brazos del que me formó. Y cuando dejé de pedalear sola y me dejé abrazar, el peso de la semana entera se aligeró. No porque los problemas desaparecieran, sino porque recordé de quién eran las manos que me sostenían.
Oración
Señor, mi Hacedor, me acostumbré a orar de pie y con prisa, como si tú fueras un trámite al final del día. Perdóname por tratar la oración como último recurso cuando tú me llamas a venir primero. Hoy vengo, no porque no aguante más, sino porque quiero adorarte. Me arrodillo delante de ti reconociendo que tú eres Dios y yo soy tu hija. Enséñame a venir corriendo a tus brazos, como un niño confiado, en vez de pedalear sola hasta caer. Gracias porque me formaste con tus manos y esas mismas manos me sostienen. Cuando la vida me pese, recuérdame que arrodillarme no es rendirme ante el problema, sino descansar en ti. Que mi primera reacción no sea apretar los dientes, sino doblar las rodillas. Recíbeme hoy, Padre, en esta postura de adoración y confianza. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿En qué área de mi vida estoy «pedaleando solo», decidido a resolver todo por mi cuenta?
- ¿Trato la oración como primer descanso o como último recurso? ¿Por qué?
- ¿Qué diferencia hay entre arrodillarme por derrota y arrodillarme para adorar?
- ¿Cuándo fue la última vez que vine a Dios como un hijo confiado, sin prisa?
- ¿Qué peso puedo entregarle hoy a las manos que me formaron?
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