Yo y mi casa serviremos a Jehová
Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová. — Josué 24:15 — RVR1960

Hubo una temporada en que la palabra «servir» me pesaba. La escuchaba en la iglesia y algo dentro de mí se encogía, como cuando llega otra tarea a una agenda que ya está llena. No es que hubiera dejado de amar a Dios. Era que me había cansado. Había dado y dado hasta que el dar se volvió una obligación gris, y sin darme cuenta empecé a esquivar toda oportunidad de ayudar. Me decía que necesitaba descansar, y en parte era cierto. Pero en el fondo también estaba huyendo.
Una tarde estaba secando los platos mientras mi hija jugaba cerca. Sin buscar nada, la vi imitar cada cosa que yo hacía: doblaba un paño, acomodaba una taza pequeña, hablaba sola como me había escuchado hablar. Y entonces entendí algo que ningún sermón me había dejado tan claro. Ella no iba a aprender la fe por lo que yo dijera. La iba a aprender por lo que me viera hacer.
Me senté un momento y fui honesta con Dios. Le confesé el cansancio, pero también el orgullo escondido: había querido servir en grande, con reconocimiento, y cuando eso me agotó, dejé de servir en pequeño. Josué le dijo a todo el pueblo: «yo y mi casa serviremos a Jehová». No dijo yo y mi ministerio. Dijo mi casa. El servicio empieza donde vivo, con las manos que tengo hoy.
Así que no volví corriendo a diez comités. Elegí una sola cosa concreta y presente: preparar una comida para una vecina que estaba sola. Nada heroico. Una olla, un tocar la puerta, un rato de conversación. Llevé a mi hija conmigo. Ella vio que servir no es una carga que aplasta, sino una manera de amar con el cuerpo, cara a cara.
Dios no me pidió que lo diera todo de golpe. Me pidió un paso pequeño, humilde, real. Y descubrí que el gozo que había perdido no estaba en hacer más, sino en volver a servir con el corazón limpio, dejando que mis hijos vieran a quién servimos en esta casa.
Oración
Señor, vengo cansada y sincera. Confieso que hubo momentos en que la palabra servir me pesó, y que a veces esquivé las oportunidades de amar a otros porque quería descansar o porque buscaba ser vista. Perdóname el orgullo escondido y también la fatiga que no supe traerte antes. Gracias porque no me pides que lo dé todo de una vez, sino un solo paso humilde. Ayúdame a servir donde vivo, en mi casa, con las manos que hoy tengo. Que mis hijos aprendan la fe no por mis palabras, sino por verme amar en lo concreto: una comida, una visita, un tiempo dado sin esperar nada. Renueva en mí el gozo de servirte. Que mi casa sea un lugar donde tu nombre se honra con hechos pequeños y verdaderos. Contigo, Señor, yo y mi casa te serviremos. Amén.
Para reflexionar
- ¿En qué área he empezado a esquivar el servicio, y qué hay detrás de ese cansancio?
- ¿Estoy sirviendo por amor o buscando reconocimiento? ¿Cómo lo noto?
- ¿Qué fe estoy enseñando a los que me rodean con lo que hago, más que con lo que digo?
- ¿Cuál es una sola acción pequeña, presente y concreta con la que podría servir esta semana?
- ¿Qué significaría para mí decir hoy, en serio, ‘yo y mi casa serviremos al Señor’?



