Parábolas Para El Alma

La banca bajo el mango: ¿a quién dejas al final de tu lista?

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La banca bajo el mango: ¿a quién dejas al final de tu lista?

“Elena corrige cuadernos en la plaza mientras responde mensajes de padres y madres. La tensión está en decidir quién queda primero cuando todo parece urgente.”

🎧 Escucha la reflexión

Cuentan que, una tarde de junio, Elena salió de la escuela con la mochila pesada de cuadernos. En lugar de irse directo a casa, se sentó en la banca de cemento bajo el árbol de mango en la plaza del barrio. Faltaban correcciones que entregar, mensajes de madres que responder, una lista de asistencia que revisar antes de la reunión del día siguiente. Tenía un plan claro: no se iría hasta dejar todo en orden. Nadie iba a decir que Elena era una maestra descuidada.

Mientras un perro suelto trotaba entre las gradas y un vendedor de raspados pregonaba su carrito, Elena marcaba cuadernos con el bolígrafo rojo. Respondió un mensaje, luego otro. Le escribió a una madre preocupada por las notas de su hija. Le contestó a un padre que pedía una copia de la circular escolar que había repartido esa mañana. A cada persona le dedicó palabras amables, atención, tiempo. Se sentía cumplida. Estaba siendo responsable con todos.

Al agacharse a recoger el bolígrafo que se le había caído, vio algo debajo de la banca: un avión de papel, hecho con una hoja arrugada. Lo tomó con curiosidad. Era una de sus propias circulares escolares, la misma que había repartido en clase. Sonrió pensando en qué niño la habría convertido en juguete y la habría dejado olvidada.

Pero al desdoblar el avión para alisar el papel, reconoció la letra torcida del reverso. Era la letra de Mateo, su hijo. Él la había acompañado esa mañana a la escuela y había esperado, como tantas veces, a que ella terminara. En el dorso de la circular, con lápiz, había escrito una sola línea: "Mamá, hoy también me pusiste al final de la lista".

Elena se quedó inmóvil con el papel en las manos. El carrito de raspados seguía pasando, el perro seguía corriendo, pero ella ya no escuchaba nada. Entendió de golpe lo que llevaba meses sin ver. Mientras cuidaba con esmero la asistencia de sus alumnos, mientras respondía a cada madre y a cada padre, su propio hijo se había sentido ausente para ella. Atendía a todos, menos al niño que Dios le había puesto primero.

Guardó los cuadernos sin terminar. Buscó a Mateo con la mirada y lo encontró sentado solo en las gradas, lanzando piedritas. Caminó hasta él, se sentó a su lado y le pidió que le contara cómo había estado su día. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía prisa.

Cuántas veces, como Elena, confundimos ser responsables con estar ocupados. Creemos que cumplimos con la familia porque pagamos las cuentas, porque estamos cerca, porque llegamos cansados a la casa después de servir a muchos. Pero servir a otros no justifica descuidar a los de nuestra propia casa. Los hijos, los padres ancianos, la pareja, no piden solo nuestro dinero ni nuestra presencia física distraída; piden nuestra atención real, nuestro oído atento, nuestro tiempo sin reloj. Recordemos que la primera responsabilidad que Dios nos confía está dentro de nuestra puerta, y esa responsabilidad no se demuestra solo trabajando duro, sino apartando momentos verdaderos de escucha y presencia para quienes Él puso primero en nuestro cuidado. No dejemos a los de casa al final de la lista.

Versículo

Pero si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo. – 1 Timoteo 5:8

Reto para hoy

Esta semana, cuando estés por contestar otro mensaje de trabajo o revisar otra tarea pendiente, mira primero a alguien de tu casa. ¿A quién has estado dejando al final de la lista sin darte cuenta? Hoy aparta 20 minutos sin celular para escuchar a esa persona, sin corregirla ni apurarla.

Oración

Dios, ayúdame a reconocer cuando mi agenda está dejando al final a quienes más necesitan mi atención. Perdóname por esa presencia distraída que a veces doy en casa. Dame humildad para pausar, escuchar y mirar de verdad a esa persona cercana que he postergado. Que hoy pueda regalar tiempo real, no solo sobras de cansancio. Amén.

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