Nudo tras nudo: da el paso que ves y deja que Dios muestre el resto
“Un campesino llegó a un arroyo crecido mientras la tarde se apagaba. Entre la niebla y la urgencia, debía decidir si avanzaba sin ver todo.”
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Caía la tarde cuando un campesino llegó a la orilla de un arroyo crecido. La niebla se había echado sobre el agua como una manta espesa, y del otro lado, oculto entre los árboles, quedaba el camino que llevaba al pueblo. Necesitaba cruzar antes de que cayera la noche, porque en su casa había alguien enfermo y solo en el pueblo encontraría ayuda. Pero el agua corría oscura y veloz, y el campesino no veía dónde poner el pie.
Un anciano que vivía cerca del arroyo se le acercó despacio.
—Hay una manera de cruzar —le dijo—. Mira la cuerda.
El campesino la vio entonces: una cuerda gruesa, tendida de orilla a orilla por encima del agua, cubierta de nudos a lo largo de toda su extensión. Se perdía en la niebla a pocos pasos, de modo que era imposible saber adónde llegaba ni qué había debajo.
—¿Y eso me ha de sostener? —preguntó el campesino—. No veo el otro lado. No sé si la cuerda aguanta. No sé si hay piedras o si el agua es honda. Muéstrame todo el camino primero, y entonces cruzaré.
—No puedo mostrarte lo que la niebla esconde —respondió el anciano—. Solo puedo decirte que la cuerda es firme.
El campesino se cruzó de brazos. Exigía ver el trazo entero antes de mover un solo pie. Mientras tanto, la luz menguaba y el frío subía del agua.
Entonces el anciano, sin discutir más, tomó la cuerda con sus manos y entró al arroyo. Avanzó nudo por nudo, sin prisa, hasta que la niebla se lo tragó. El campesino quedó solo en la orilla, escuchando el roce de la cuerda. De pronto la sintió tensarse y aflojarse a un ritmo parejo, como un pulso. Cada vez que el anciano pisaba un punto firme, la cuerda lo anunciaba con un tirón.
El campesino comprendió. No tenía que ver el arroyo entero. Solo tenía que alcanzar el primer nudo, afirmar el pie donde el anciano había afirmado el suyo, y desde allí buscar el siguiente. Cada nudo marcaba un lugar seguro. La cuerda que le había parecido una prueba insuficiente era, en realidad, la guía más segura en medio de la niebla.
Tomó aire, sujetó el primer nudo y dio el paso. El fondo estaba donde la cuerda prometía. Avanzó al segundo, y al tercero, y así, nudo tras nudo, cruzó hasta la otra orilla, donde el anciano lo esperaba sonriendo.
Cuántas veces nosotros, en medio de una crisis, le exigimos a Dios el mapa completo antes de dar un solo paso. Queremos ver el final del problema, la solución entera, la garantía de que todo saldrá bien, y mientras tanto nos quedamos paralizados en la orilla mientras cae la noche. Pero la fe rara vez recibe el puente entero de una sola vez. La fe se fortalece dando el siguiente paso confiable con lo poco que Dios ya nos ha mostrado. Cuando no veas el camino completo, no esperes a que se levante toda la niebla. Busca el próximo nudo que Dios ha puesto al alcance de tu mano, afirma allí el pie, y desde ese lugar seguro él te mostrará el siguiente.
Versículo
Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino. – Salmos 119:105
Reto para hoy
Esta semana, cuando una decisión familiar, médica o laboral te pida claridad total, identifica el siguiente nudo: una llamada, un correo, una cita o una conversación. ¿A quién necesitas contactar antes de que termine el día para no quedarte paralizado en la orilla? Haz ese primer paso hoy, aunque solo sea agendarlo, y escríbelo en una nota visible.
Oración
Dios, me cuesta avanzar cuando no veo el panorama completo. Dame calma para reconocer el siguiente paso que ya pusiste a mi alcance. Ayúdame hoy a contactar a esa persona, pedir esa cita o iniciar esa conversación que he estado posponiendo. Sostén mi fe mientras camino con poca luz. Amén.



