Bendeciré a Jehová en todo tiempo
Bendeciré a Jehová en todo tiempo; su alabanza estará de continuo en mi boca. — Salmo 34:1 — RVR1960

Hubo un tiempo en que aprendí a cantar bajo la lluvia. No porque supiera la letra, sino porque no me quedaba otra manera de respirar.
Recuerdo una tarde en que todo parecía venirse encima. Recibí una noticia que no esperaba, de esas que te dejan de pie en medio de la sala, con el teléfono todavía en la mano, sin saber qué hacer con el cuerpo. No lloré enseguida. Me quedé quieta, como esperando que alguien me dijera que era un error. Nadie me lo dijo.
Esa noche no encontré palabras para orar. Y quiero que sepas algo, por si estás ahí ahora mismo: no pasa nada. Está bien estar enojado. Está bien no tener palabras. Dios no se asusta de tu silencio ni de tus preguntas. Él ha escuchado gritos más fuertes que el tuyo y no ha soltado a nadie.
Lo que descubrí en esos días fue algo pequeño y enorme a la vez. Descubrí que alabar a Dios no es esperar a que pase la tormenta. Es levantar la cara en medio de la lluvia y decir, aunque tiemble la voz: «Todavía eres bueno. Todavía estás aquí». No es fingir que no duele. Es sostener las dos cosas al mismo tiempo, el dolor y la confianza, como quien sostiene un paraguas con las manos frías.
David escribió: «Bendeciré a Jehová en todo tiempo». En todo tiempo. No solo cuando el sol calienta. También cuando el cielo está gris y las gotas caen sin permiso.
Quiero invitarte a un gesto pequeño hoy. No tienes que hacer un discurso. Puede ser una sola frase dicha en voz baja: «Gracias, Señor, porque no me has dejado». Puede ser una mano abierta sobre la mesa, como quien se rinde y descansa a la vez. Un gesto chiquito de adoración vale más que mil palabras perfectas.
Y si hoy no puedes, no te condenes. Yo oraré por ti. Le pediré a Dios que sostenga tu paraguas mientras aprendes de nuevo a mirar el cielo. Porque Él es fiel, incluso cuando llueve.
Oración
Señor, aquí estoy, con las manos frías y el corazón cansado. No siempre sé qué decirte, y a veces lo único que tengo son preguntas y un poco de enojo. Gracias porque no me pides que finja. Gracias porque puedo venir así, tal como estoy, sin maquillar mi dolor.
Hoy quiero aprender a bendecirte en todo tiempo, no solo cuando entiendo, sino también cuando todo me supera. Enséñame a levantar la cara en medio de la lluvia y a decirte que todavía confío, aunque me tiemble la voz. Sostén mi paraguas cuando yo ya no tenga fuerzas. Recuérdame que tú no te has movido de mi lado.
Por cada persona que hoy lee estas palabras con el alma rota, te pido consuelo. Que sientan que no están solos, que su silencio también es oración para ti. Pon en su boca, poquito a poco, una alabanza nueva.
Gracias porque eres bueno, incluso en la tormenta. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Qué tormenta estoy atravesando hoy que aún no me atrevo a nombrar delante de Dios?
- ¿Puedo darme permiso de estar enojado o sin palabras, sabiendo que Dios no se asusta de eso?
- ¿Qué frase corta y honesta podría decirle a Dios hoy, aunque me tiemble la voz?
- ¿Cuándo he visto que Dios sostuvo mi paraguas cuando yo ya no podía?
- ¿Qué gesto pequeño de adoración puedo hacer hoy, en medio de lo que duele?



