Dios me da un espíritu de poder y de amor
Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. — 2 Timoteo 1:7 — RVR1960

Tengo que confesar algo: no soy tan valiente como parece. Muchas veces, cuando alguien necesita una palabra o una mano, yo bajo la mirada y sigo de largo. Me digo que estoy ocupado, que no es mi asunto, que seguro alguien más lo hará. La verdad más honesta es que tengo miedo. Miedo a incomodar, a que me rechacen, a no saber qué decir.
El otro día vi a un niño pequeño jugando en el parque con una toalla amarrada al cuello, como una capa. Corría con el puño levantado hacia el cielo, convencido de que podía con todo. Me reí, pero también me quedé pensando. Esa capa no la había tejido él. Alguien se la había puesto. Su valentía era prestada, y sin embargo la llevaba con toda el alma.
Así entendí algo sobre mí. La valentía que Dios me ofrece no es una que yo fabrico apretando los dientes. Es como esa capa: me la da Él, y yo solo la llevo puesta. Y lo más hermoso es que no me la da para hazañas gigantes ni para salvar al mundo entero. Me la da para el momento pequeño que tengo enfrente.
Para esa vecina que se ve triste en la escalera. Para esa pregunta sencilla: «¿Estás bien?». Para esa llamada que llevo días posponiendo. Para decir la verdad con ternura cuando sería más fácil callar. La valentía de Dios casi siempre es callada y del tamaño de una sola persona.
Pablo le escribió a un joven asustado, Timoteo, y no le dijo: «Ten más fuerza de voluntad». Le recordó lo que ya vivía dentro de él: un espíritu de poder, de amor y de dominio propio, regalo del Espíritu Santo. No es valentía nacida de mi carácter, sino sembrada por Dios.
Hoy no tengo que ser un héroe. Solo tengo que dejar que Él me ponga la capa y detenerme frente a lo que está delante de mí. Un gesto tuyo puede cambiar el día, y a veces la eternidad, de alguien.
¿Qué persona, qué pregunta, qué paso pequeño tienes hoy delante de ti? No caminemos de largo. Dios ya nos dio con qué enfrentarlo.
Oración
Padre, gracias porque no me dejaste solo con mis miedos. Confieso que muchas veces camino de largo, que bajo la mirada, que me escondo detrás de mis excusas. Reconozco que por mí mismo no soy valiente. Pero tú prometes darme un espíritu de poder, de amor y de dominio propio, y esa promesa hoy me sostiene. No te pido valentía para grandes hazañas, sino para lo pequeño que tengo enfrente: una palabra amable, una pregunta sincera, una mano tendida. Ponme tu valentía como quien pone una capa sobre los hombros de un niño. Ayúdame a detenerme cuando quiera seguir de largo. Dame ojos para ver a la persona que hoy cruza mi camino y valor para acercarme. Que mi miedo no sea más fuerte que tu amor en mí. Y cuando tiemble, recuérdame que la fuerza no viene de mi carácter sino de tu Espíritu que vive en mí. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Ante qué situación suelo bajar la mirada y seguir de largo?
- ¿Qué persona concreta ha puesto Dios hoy delante de mí?
- ¿Qué paso pequeño y valiente puedo dar antes de que termine el día?
- ¿En qué momento he sentido valentía que no era mía, sino regalada?
- ¿Qué le impide a mi miedo confiar en el poder del Espíritu que vive en mí?



