Devocionales

Yo, Jehová, no cambio

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Yo, el Señor, no cambio. En cada estación, Él es el mismo.

Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos. — Malaquías 3:6 — RVR1960

Yo, el Señor, no cambio.
En cada estación, Él es el mismo.

Hay temporadas que no logro explicarme. No es que me falte pan ni techo; es que por dentro no entiendo qué está haciendo Dios. Le pregunto y el cielo parece guardar silencio. Le pido claridad y solo recibo un día más igual al anterior. Y en medio de esa niebla, empiezo a sentir que hasta Dios ha cambiado conmigo, que quizá se distrajo, que quizá ya no me mira como antes.

Esta semana salí a caminar sin rumbo, solo para respirar. Me senté un rato al borde de un campo abierto donde el pasto se mecía seco por el viento. Todo allí hablaba de cambio: la hierba amarilla que en otro mes fue verde, las nubes que pasaban sin detenerse, el aire que iba de tibio a frío en cuestión de minutos. Y sin embargo, había algo firme bajo mis manos: la tierra, quieta, sosteniéndome sin moverse.

Me quedé mirando el horizonte con la sensación de estar en pausa, esperando una respuesta que no llegaba. Y entonces recordé que muchas veces le pido a Dios explicaciones, y lo que Él me ofrece no es un porqué, sino un quién. No me dice siempre qué está haciendo. Me dice quién es.

«Yo, Jehová, no cambio». No dice: «tu situación no cambiará». No dice: «entenderás todo pronto». Dice algo mejor: que Él permanece el mismo mientras a mi alrededor todo se transforma. Mi ánimo cambia, mis fuerzas cambian, mis estaciones cambian. Él no.

Ese día entendí que la fe no siempre es tener la respuesta en la mano. A veces la fe es sentarme quieto en medio de lo que no comprendo y confiar en el carácter de un Dios que no se mueve. No lo veo, pero sé cómo es. Y su manera de ser no depende de mi buena racha ni de mi noche oscura.

Me levanté sin más respuestas de las que traía, pero con menos miedo. Si Él no cambia, entonces mi confusión no lo ha alejado, mi cansancio no lo ha enfriado, y mi larga espera no lo ha vuelto indiferente. El mismo Dios que me amó ayer me sostiene hoy. Y ese, descubrí, es todo el suelo firme que necesito para seguir caminando.

Oración

Señor, tú no cambias, y hoy me aferro a eso. Estoy en una temporada que no entiendo, y he estado pidiéndote explicaciones cuando lo que más necesito es recordar quién eres. Perdóname por medir tu amor según mis emociones, como si tú fueras tan cambiante como yo. Gracias porque tu fidelidad no depende de mi claridad. Gracias porque cuando todo a mi alrededor se transforma, tú permaneces firme como suelo bajo mis pies. Ayúdame a descansar no en una respuesta, sino en tu carácter. Cuando me falte comprensión, dame confianza. Cuando me falten fuerzas, recuérdame que las tuyas no menguan. Enséñame a esperar en ti sin exigirte que me expliques cada paso. Quiero conocerte tan bien que, aunque el silencio se alargue, no dude de tu bondad. Tú eres el mismo ayer, hoy y siempre. Sobre esa roca me quedo quieto. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿En qué área de mi vida estoy pidiéndole a Dios un porqué cuando quizá necesito recordar quién es Él?
  • ¿Cómo suelo interpretar el silencio de Dios: como abandono o como una invitación a confiar?
  • ¿Qué verdad sobre el carácter de Dios necesito repetirme en esta temporada?
  • Escribe una lista de cosas que están cambiando en tu vida y, al lado, una cosa de Dios que nunca cambia.
  • ¿Qué cambiaría en mi manera de esperar si creyera de verdad que Dios no ha cambiado conmigo?
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