El amor perfecto de Dios echa fuera el temor
En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor. — 1 Juan 4:18 — RVR1960

Anoche me desperté a las tres de la madrugada con el corazón acelerado. No había pasado nada nuevo. Era la misma lista de preocupaciones de siempre, girando en la oscuridad: la cuenta que no sé cómo pagar, la conversación pendiente, la incertidumbre de un resultado que todavía no llega. Me quedé mirando el techo, sintiendo cómo el miedo apretaba el pecho como una mano fría.
En la habitación de al lado escuché a mi hija moverse. También ella se había despertado. La oí buscar a tientas su almohada, y luego un silencio distinto. Me asomé despacio. Estaba abrazada a la cobija que le tejió su abuela, esa que ya está gastada de tanto uso. La tenía pegada a la mejilla, los ojos cerrados otra vez, la respiración lenta. No había resuelto ningún problema. Nada de lo que la asustaba en la oscuridad había desaparecido. Pero se sentía sostenida, y con eso le bastaba para volver a dormir.
Me senté en el borde de su cama y entendí algo que había olvidado. Yo también estaba buscando algo a tientas, pero estaba buscando respuestas cuando lo que necesitaba era saberme sostenida. Dios no me prometió que el miedo se iría en cuanto orara. Me prometió su amor. Un amor que no depende de que todo salga bien, que no me suelta cuando el resultado tarda, que me tiene por debajo aunque yo siga temblando arriba.
«En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor.» Durante años pensé que ese versículo me exigía dejar de sentir miedo, como si el temor fuera una falta de fe. Pero esa noche lo entendí distinto. El amor de Dios no me pide que primero deje de temer. El amor entra, y al quedarse, va desalojando el miedo desde adentro, sin prisa, como quien abraza hasta que el otro deja de temblar.
Volví a mi cama. Las preocupaciones seguían ahí, iguales. Pero cerré los ojos como mi hija, abrazada no a una cobija sino a una certeza: soy amada por Aquel que no depende de mis resultados para sostenerme. Y con eso, esa madrugada, me bastó para dormir.
Oración
Padre, vengo a Ti con el corazón todavía inquieto, sin fingir que no tengo miedo. Tú conoces la lista de cosas que me despiertan de madrugada, las cuentas, las esperas, lo que no puedo controlar. Reconozco que muchas veces busco respuestas cuando lo que necesito es saberme sostenida por Ti.
Gracias porque tu amor no espera a que yo sea valiente. Gracias porque no me sueltas cuando tiemblo, ni me amas menos cuando dudo. Tu amor perfecto entra en mis noches y, sin prisa, va echando fuera el temor desde adentro.
Hoy elijo abrazarme a Ti como un niño se abraza a lo que le da seguridad. No porque todo esté resuelto, sino porque Tú estás conmigo. Enséñame a descansar en tu amor cuando la incertidumbre me supera. Recuérdame que soy tuya, sostenida por un amor que no depende de los resultados. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Qué temor específico te está despertando o quitando la paz en este momento?
- ¿Estás buscando respuestas cuando quizá lo que necesitas es sentirte sostenido por Dios?
- ¿En qué áreas has creído que sentir miedo significa no tener suficiente fe?
- ¿Cómo cambiaría tu día si supieras que el amor de Dios no depende de tus resultados?
- Escribe una frase corta que puedas repetir cuando el miedo vuelva de madrugada.



