Devocionales

Quédate quieto y reconoce que yo soy Dios

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Quédate quieto: yo soy Dios, y estoy contigo.

Estad quietos, y conoced que yo soy Dios; seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra. — Salmo 46:10 — RVR1960

Quédate quieto:
yo soy Dios, y estoy contigo.

Esta mañana me sorprendí revisando el teléfono antes de abrir los ojos por completo. Aún no me había levantado y ya tenía tres pendientes en la cabeza, una respuesta que dar y una preocupación que no me dejaba en paz. Es como si mi mente tuviera un motor que arranca solo y no encuentra el botón de apagado.

Me pasé años creyendo que descansar era un premio: primero termino todo, luego respiro. El problema es que la lista nunca termina. Siempre hay algo más que arreglar, alguien a quien responder, un problema que resolver antes de que se haga grande. Y así, sin darme cuenta, cargaba con el peso del mundo como si sostenerlo dependiera de mí.

Hace poco salí a caminar sin rumbo, solo porque ya no podía más. Me senté en una banca vieja del parque y no hice nada. Nada. Al principio me sentí culpable, como si estuviera perdiendo el tiempo. Pero poco a poco algo dentro se fue soltando. El viento movía las hojas y yo no tenía que hacer que se movieran. El sol calentaba y yo no tenía que encenderlo. El mundo seguía girando, y no era yo quien lo empujaba.

Ahí entendí algo que había leído mil veces sin dejarlo entrar: «Estad quietos, y conoced que yo soy Dios.» No dice: apúrate y conóceme. Dice: quédate quieto. La quietud no es pereza; es confianza. Es dejar de agarrar el timón con las dos manos y recordar que hay Alguien más grande sosteniendo todo, incluso lo que a mí me quita el sueño.

Dios no me pide que resuelva el universo. Me pide que respire y que me acuerde de quién es Él. Que suelte el control que nunca tuve de verdad. Cuando dejo de correr, no se cae el cielo; al contrario, descubro que siempre estuvo sostenido por manos más firmes que las mías.

Hoy volví a repetirlo despacio, como quien afloja un nudo apretado: Él es Dios, y yo no. Qué alivio tan grande. No tengo que ser el sostén de nada. Puedo quedarme quieto, y en esa quietud, por fin, descansar.

Oración

Padre, vengo cansado de sostener lo que nunca me pediste que sostuviera. Perdóname por creer que todo depende de mí, por vivir apurado y por confundir el descanso con perder el tiempo. Hoy quiero soltar el control que en realidad nunca tuve. Ayúdame a quedarme quieto delante de ti, no porque haya terminado todo, sino porque confío en que tú eres Dios y yo no. Tú sostienes el mundo entero sin cansarte; tú puedes sostener también aquello que me quita el sueño. Calma mi mente que corre, aquieta mi corazón inquieto y enséñame a respirar en tu presencia. Recuérdame que tu amor no depende de mi productividad, que puedo detenerme y aun así ser amado. Quiero conocerte más en la quietud que en la prisa. Sé tú mi descanso, mi paz y mi refugio firme. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿Qué estoy tratando de sostener que en realidad le pertenece a Dios?
  • ¿Cuándo fue la última vez que descansé sin sentir culpa?
  • ¿Qué me cuesta soltar para poder quedarme quieto delante de Él?
  • ¿En qué área de mi vida necesito recordar que Dios es Dios y yo no?
  • ¿Cómo sería mi día si empezara en quietud y no en prisa?
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