Tú guardas en paz al que confía en ti
Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado. — Isaías 26:3 — RVR1960

Hubo una semana en la que todo parecía moverse bajo mis pies. Una noticia difícil, una cuenta que no cerraba, una conversación que quedó a medias. Por fuera, nada estaba en su lugar. Y sin embargo, esa tarde salí a caminar y me senté en una banca frente a un cielo abierto, uno de esos cielos anchos que te recuerdan lo pequeño que eres.
Siempre pensé que la paz llegaría cuando las cosas se resolvieran. Que primero se calmaría la tormenta y después vendría la calma dentro de mí. Pero esa tarde entendí algo distinto. La paz no me estaba esperando al final del problema. La paz era Alguien que ya estaba conmigo en medio del problema.
Recordé la imagen de un niño que abre los brazos frente a un campo abierto, sin miedo a caerse, porque confía en que hay un suelo firme bajo él. No abre los brazos porque el día sea perfecto. Los abre porque se siente sostenido. Así quería estar yo delante de Dios: con las manos abiertas, sin exigir que todo se arreglara primero.
Entonces me acordé de Isaías. Dios promete guardar en completa paz a quien confía en Él. Completa. No una paz a medias que depende de que las circunstancias colaboren, sino una paz entera que brota de fijar mi pensamiento en Él y no en la tormenta.
Me di cuenta de que había estado midiendo mi bienestar por lo que pasaba afuera. Y Dios mide mi bienestar por lo que pasa adentro, por dónde tengo puesta la mirada. Cuando dejo de aferrarme al control y me apoyo en su fidelidad, algo se acomoda por dentro aunque afuera siga desordenado.
Esa noche no se resolvieron mis problemas. La cuenta seguía sin cerrar y la conversación seguía pendiente. Pero yo volví a casa distinta. Más liviana. Porque descubrí que puedo estar en paz, no porque todo esté bien, sino porque Dios está aquí y Él es fiel.
Hoy sigo aprendiendo a soltar. A abrir las manos y decir: confío en ti. Y cada vez que lo hago, esa paz completa que solo Él da vuelve a envolverme, callada y firme, como un ancla que no depende de las olas.
Oración
Padre, vengo a ti con las manos abiertas. Estoy cansado de creer que la paz llegará solo cuando todo se arregle. Hoy entiendo que tú eres mi paz aun en medio de lo que no comprendo. Perdóname por medir mi bienestar según mis circunstancias y no según tu presencia. Enséñame a fijar mi pensamiento en ti, porque tú prometes guardar en completa paz a quien en ti confía. Quiero descansar en tu fidelidad y no en mi control. Cuando la ansiedad me empuje a cerrar los puños, recuérdame abrir las manos y confiar. Sé tú el suelo firme bajo mis pies y el cielo ancho sobre mi cabeza. Que mi alma esté bien, no porque todo afuera esté en calma, sino porque tú estás conmigo. Gracias porque tu paz no depende de las olas, sino de tu amor que no cambia. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿En qué área estoy esperando que todo se resuelva antes de sentir paz?
- ¿Dónde tengo puesto mi pensamiento hoy: en la tormenta o en Dios?
- ¿Qué significaría para mí abrir las manos y soltar el control esta semana?
- ¿En qué momento he sentido la paz de Dios aun cuando las circunstancias no eran buenas?
- ¿Cómo cambiaría mi día si midiera mi bienestar por la presencia de Dios y no por lo externo?



