Devocionales

El Señor conforta mi alma

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El Señor conforta mi alma y me da nuevas fuerzas.

Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre. — Salmo 23:3 — RVR1960

El Señor conforta mi alma y me da nuevas fuerzas.

Mi hija menor tiene una manta que llama «la suave». No es especial para nadie más: es una tela vieja, con los bordes gastados y un color que ya no se sabe cuál fue. Pero para ella lo es todo. Cuando llega cansada del colegio, cuando se golpea la rodilla, cuando el día se le hizo demasiado grande, va y la busca. Se envuelve, se queda quieta, y en unos minutos vuelve a ser ella. La manta no le resuelve el problema. Le devuelve el aliento para seguir.

Hace poco pasé por una semana en la que no tenía manta. Lo digo en serio: no tenía a dónde ir a descansar. En el trabajo las cosas se enredaron, en casa había tensiones que no sabía cómo desatar, y por dentro yo iba raspando el fondo del tanque. Cumplía, sonreía, respondía correos, hacía la cena. Pero el alma se me había quedado seca, como una planta que nadie riega y que todavía sigue verde solo por costumbre.

Una noche, después de que todos durmieron, me senté en el borde de la cama sin fuerzas ni para orar bonito. Solo alcancé a decir: «Señor, estoy agotada por dentro». Y abrí el Salmo veintitrés en esa parte que dice que Él conforta mi alma. No dice que me exige más. No dice que apriete los dientes. Dice que Él restaura, que Él repone lo que se gastó.

Esa palabra, conforta, me abrazó como la manta suave de mi hija. Me di cuenta de que yo llevaba tiempo tratando de rellenarme sola: con más café, más listas, más prisa. Pero el alma no se rellena con esfuerzo. Se restaura cuando descanso en Aquel que me hizo.

No se arregló todo esa noche. Pero algo cambió en mí. Dejé de cargar el peso de estar fuerte por mi cuenta. Aprendí que no soy la fuente; soy la que viene a beber. Y desde entonces, cuando siento que se me acaba el aliento, ya no me exijo aguantar. Vengo a Él, me quedo quieta, y dejo que conforte mi alma otra vez.

Oración

Señor, vengo a Ti sin fuerzas y sin ganas de fingir. Sabes cómo he andado por dentro, raspando el fondo, sosteniéndome de la pura costumbre. Confieso que he intentado rellenarme sola, con prisa y con esfuerzo, y no ha funcionado. Tú no me pides que apriete los dientes. Tú prometes confortar mi alma, restaurar lo que se gastó, devolverme el aliento. Enséñame a venir a Ti como el sediento viene al agua, sin vergüenza y sin excusas. Quítame la idea de que tengo que ser la fuerte de todos los días. Recuérdame que no soy la fuente, que soy la que viene a beber de Ti. Cuando sienta que se me acaba el aire, que mi primer paso sea buscarte a Ti, y no un pendiente más. Descansa hoy mi alma en tu presencia. Repón en mí lo que la semana consumió. Y que mañana pueda levantarme, no con fuerzas mías, sino con las tuyas. Gracias porque me amas incluso cuando no tengo nada que ofrecerte. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿En qué parte de tu vida sientes hoy el alma seca o agotada?
  • ¿Con qué has intentado rellenarte por tu cuenta en lugar de venir a Dios?
  • ¿Qué significaría para ti dejar de ser «el fuerte» y venir a beber de la fuente?
  • Recuerda un momento en que Dios restauró tu alma. ¿Cómo lo hizo?
  • ¿Qué paso concreto puedes dar esta semana para descansar en Él y no en tu esfuerzo?

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