Contigo estoy siempre
Con todo, yo siempre estuve contigo; me tomaste de la mano derecha. — Salmo 73:23 — RVR1960

Mi hija de siete años empezó este año a caminar sola las dos cuadras hasta la escuela. Es un tramo corto, tranquilo, y ella lo pidió con tanta ilusión que no pude negarme. «Ya soy grande, mamá», me dijo, ajustándose la mochila con una madurez que me hizo reír por dentro.
Así que la despido en la puerta y la veo alejarse. Pero lo que ella no sabe es que la mayoría de las mañanas yo salgo unos pasos después y camino detrás, a media cuadra de distancia, escondida entre los árboles y los otros papás. No porque desconfíe de ella. No porque espere que algo salga mal. Simplemente porque quiero acompañarla. Quiero verla saltar los charcos, saludar a la señora del quiosco, mirar el cielo. Quiero estar cerca aunque ella no lo note.
Un día se dio vuelta de repente y me descubrió. En vez de reclamarme que la seguía, sonrió enorme y me hizo adiós con la mano, feliz de saber que yo estaba ahí. Después siguió su camino igual de valiente, pero con algo distinto en los hombros: la certeza de no estar sola.
Esa tarde no me podía sacar la escena de la cabeza. Porque yo también camino la mayoría de mis días creyéndome sola. Cuando todo funciona, cuando resuelvo, cuando me siento capaz, se me olvida que hay Alguien acompañándome paso a paso, a media cuadra y también al lado. No para rescatarme de una emergencia, sino porque le gusta estar conmigo.
El salmista lo dice sin dramatismo: «Yo estaba siempre contigo». Siempre. No solo en las crisis, no solo cuando lloro pidiendo ayuda. También en la mañana común, en el trabajo, en la cola del banco, en la cocina. Dios no aparece cuando lo llamo; Él nunca se fue. Estuvo caminando conmigo todo el tiempo, disfrutando el trayecto, mirándome saltar los charcos de mi vida.
Si hoy te sientes fuerte y capaz, quiero decirte que no caminas sola: Él está contigo aunque no lo notes. Y si hoy vas apenas arrastrando los pies, con miedo de dar el próximo paso, escucha lo mismo: Él está contigo, siempre, y no piensa irse a ninguna parte.
Oración
Señor, gracias porque no me sigues de lejos por obligación, sino que caminas conmigo por amor. Perdóname por las veces en que me creí sola, en que resolví mis días como si Tú no estuvieras, en que solo te busqué cuando ya no podía más. Ayúdame a recordar que Tu presencia no depende de mi crisis ni de mi desesperación. Estás conmigo en la mañana común y en la noche difícil, en lo que me sale bien y en lo que me derrumba. Enséñame a girar la cabeza, como mi hija, y descubrirte ahí, sonriéndome, feliz de acompañarme. Que hoy no camine con la carga de la soledad, sino con la certeza de que voy contigo. Y cuando me tiemblen los pasos, recuérdame que no tengo que volverte a llamar: Tú nunca te fuiste. Gracias por ser un Dios que se queda, que camina, que disfruta el trayecto conmigo. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿En qué área de tu vida te has sentido caminando solo, sin notar la presencia de Dios a tu lado?
- ¿Buscas a Dios solo en las emergencias, o también en los días comunes y tranquilos?
- Recuerda un momento en que descubriste que Dios estuvo contigo aunque no lo notabas. ¿Cómo cambió eso tu manera de caminar?
- ¿Qué cosa cotidiana podrías hacer hoy consciente de que Dios te acompaña en ella?
- Si Dios se deleita en caminar contigo, ¿cómo cambia eso la forma en que ves tu día de mañana?
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