Si subo a los cielos, allí estás Tú
Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. — Salmo 139:8 — RVR1960

Guardo una imagen de mi infancia que vuelve cuando la vida me supera: subida al árbol más alto del patio de mi abuela, sintiendo que había llegado al borde del mundo. Desde arriba todo se veía distinto, pequeño, lejano. Y recuerdo la voz de ella llamándome por mi nombre desde la puerta, tranquila, como si supiera exactamente dónde estaba yo. No importaba cuán alto trepara: su voz me alcanzaba.
De adulta sigo trepando, aunque ya no a los árboles. Trepo a la cima de mis planes, convencida de que allí estaré segura. Y otras veces caigo a lo más bajo, a esos días en que no quiero levantarme, en que siento que me he alejado tanto que ni Dios podría encontrarme. He pensado, en mis peores momentos, que hay lugares del alma adonde Él ya no entra. Que si llego demasiado lejos, demasiado abajo, me quedaré sola.
Pero el salmo me corrige con una ternura que me desarma. «Si subiere a los cielos, allí estás Tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí Tú estás». No importa a qué altura suba mi orgullo ni a qué profundidad me arrastre mi vergüenza: no existe un lugar fuera de Él. No hay una esquina del universo, ni un rincón de mi historia, donde yo pueda estar y Dios no.
Por mucho tiempo quise que esa promesa fuera otra: que Dios me prometiera que nunca caería tan bajo, que siempre estaría arriba, segura, sonriente. Esa promesa no está escrita. Lo que está escrito es mejor: aunque caiga, Él está en el fondo. Aunque me esconda, Él ya conoce el escondite. Aunque mañana no sepa qué camino tomar, Él ya camina por allí.
Y entonces entiendo por qué la voz de mi abuela me daba paz desde lo alto del árbol. No era que ella controlara dónde yo subía. Era que me conocía, me amaba, y su voz llegaba hasta donde yo estuviera. Así es Dios conmigo. No me promete un camino sin alturas vertiginosas ni valles oscuros. Me promete algo más hondo: adonde yo vaya, Él ya está esperándome.
Oración
Dios que estás en todas partes, vengo a Ti cansada de trepar y cansada de caer. Perdóname por creer que puedo alejarme tanto que ya no me alcances. Perdóname por buscar un Dios que me prometa un camino sin sobresaltos, cuando Tú me ofreces algo mejor: Tu compañía sin fronteras.
Gracias porque cuando subo a lo alto de mis fuerzas, allí estás. Y cuando caigo a lo más bajo de mi tristeza, allí estás también. No hay cielo demasiado alto ni abismo demasiado hondo para Tu presencia. No hay capítulo de mi vida tan oscuro que Tú no hayas recorrido primero.
Hoy te entrego los caminos que todavía no veo. Los miedos que me quitan el sueño, las decisiones que no sé tomar, las personas que amo y no puedo proteger. Tú ya estás en su mañana. Tú ya caminas por donde ellos van.
Enséñame a descansar, no en la certeza de que nada dolerá, sino en la certeza de que nunca estaré sola. Que Tu voz me alcance dondequiera que yo esté. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Hay algún lugar de tu vida donde sientes que Dios no puede alcanzarte? Descríbelo con honestidad.
- ¿Qué promesa has estado esperando de Dios que quizás Él nunca prometió darte?
- Recuerda una vez en que Dios estuvo contigo en tu momento más bajo. ¿Cómo lo notaste?
- ¿Qué camino incierto te quita el sueño hoy? ¿Qué cambiaría saber que Dios ya está allí?
- Escribe una frase corta para recordarte mañana que no hay lugar fuera de la presencia de Dios.
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