El Dios de toda consolación se sienta conmigo
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. — 2 Corintios 1:3-4 — RVR1960

Hay un dolor que nadie más recuerda. Yo sí.
Cada cierto tiempo me sorprende en los lugares más comunes: en el supermercado, cuando alcanzo dos tazas por costumbre; en una fecha del calendario que para el mundo no significa nada; en una canción que suena en la radio del auto. Para todos los demás, la vida siguió. Nadie pregunta. Nadie sabe que ese día, para mí, tiene un peso distinto. Es una pérdida sin lugar en el mundo, un asiento que quedó vacío y que solo yo veo.
Durante mucho tiempo pensé que esa clase de dolor era demasiado pequeña para molestar a Dios con ella. Como si Él solo atendiera las tristezas grandes, las que otros también lloran. Así que la guardaba, la escondía, la cargaba a solas.
Pero un día, leyendo a Pablo, encontré un nombre de Dios que no había notado antes: «el Dios de toda consolación». Toda. No solo la que otros comprenden. También esta que nadie ve.
Y entendí algo que me cambió: Dios no vino a apurar mi sanidad. No vino a borrar el recuerdo ni a decirme que ya debería estar bien. Vino a hacer algo más tierno y más humilde. Vino a acercar una silla y sentarse conmigo, justo en el lugar vacío, justo cada vez que duele.
No me pide que finja que no pasó. No me apura. Se queda. Comparte el silencio. Sostiene lo que yo no puedo explicarle a nadie.
Y hay algo más. Pablo dice que Dios nos consuela para que podamos consolar a otros con el mismo consuelo que recibimos. Es decir, este dolor que parece tan mío, tan escondido, un día se convierte en manos abiertas para alguien que llora en secreto como yo lloré.
Así que ya no escondo el asiento vacío. Lo dejo a la vista. Y confío en que Aquel que conoce cada lágrima que nadie más contó, se sienta a mi lado, sin prisa, sin reproche, presente cada vez que me vuelve a doler.
Mi dolor tiene testigo. Y su nombre es Consolación.
Oración
Padre de misericordias, Dios de toda consolación, gracias porque no hay dolor mío que sea demasiado pequeño para ti. Tú conoces esa tristeza que nadie más recuerda, ese asiento vacío que solo yo veo. Gracias porque no vienes a apurarme ni a borrar lo que perdí, sino a sentarte conmigo, sin prisa, en el mismo lugar donde duele.
Señor, hoy dejo de esconder mi pena delante de ti. Te la muestro entera, tal como es. Acerca tu silla. Quédate en mi silencio. Sostén lo que no sé cómo explicar.
Ayúdame a creer que estás presente cada vez que el recuerdo regresa, y que tu compañía no depende de que yo ya esté sanado. Consuélame con tu paz, esa que no niega la herida pero la acompaña.
Y cuando me hayas consolado, dame ojos para ver a otros que lloran en secreto, y manos abiertas para darles el mismo consuelo que tú me diste. Que mi dolor, en tus manos, se vuelva refugio para alguien más. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Cuál es el dolor que llevo y que casi nadie más recuerda?
- ¿He creído que mi tristeza es demasiado pequeña para acercarme a Dios con ella? ¿Por qué?
- ¿Cómo cambia mi corazón imaginar a Jesús acercando una silla y sentándose conmigo, sin apurarme?
- ¿En qué momentos o lugares vuelve a doler ese recuerdo? ¿Puedo invitar a Dios a estar ahí conmigo?
- ¿Hay alguien cerca de mí que quizás llora en secreto y a quien podría ofrecer el consuelo que he recibido?



