Nunca te dejaré ni te abandonaré
Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré. — Hebreos 13:5 — RVR1960

Aprendí temprano a desconfiar de la palabra «nunca». Alguien me dijo una vez que nunca se iría, y se fue. Otro prometió que nunca me fallaría, y falló. Así que crecí con la sospecha metida en el pecho, guardando distancia por si acaso, sin apoyarme del todo en nadie. Cada promesa me sonaba a puerta que tarde o temprano se cerraría.
Una tarde, caminando sola por un sendero que no conocía, sentí esa vieja soledad subir por dentro. El futuro me parecía un espacio abierto y vacío, y yo avanzaba mirando el suelo, cansada de ir siempre cuidándome de todo. Fue entonces cuando recordé un versículo que había leído sin creerlo del todo: «No te desampararé, ni te dejaré».
Me detuve. Pensé en cuántas veces yo misma no había estado a la altura, en las promesas mías que también se habían roto, en lo poco que sentía merecer que alguien se quedara. Y justo ahí entendí algo que me cambió el paso: la promesa de Dios no descansa en mi desempeño. No dice «no te dejaré si eres suficiente». Dice, simplemente, «nunca te dejaré».
Los «nunca» humanos se rompen porque somos frágiles, olvidadizos, limitados. Pero el «nunca» de Dios es de otra clase. No es una intención; es su carácter. No se cansa de mí cuando fallo, no se aleja cuando estoy ansiosa, no se distrae cuando avanzo temblando hacia lo incierto.
Seguí caminando, pero distinto. Ya no iba sola cargando la sospecha. Iba acompañada. El espacio abierto adelante seguía siendo desconocido, pero ahora sabía que no lo cruzaría por mi cuenta. Alguien fiel iba a mi lado, tomándome de la mano sin soltar.
Desde entonces, cuando la soledad quiere volver, me repito su promesa como quien se agarra fuerte de una mano segura. No porque yo sea firme, sino porque Él lo es. Su presencia no depende de mi buen día ni de mi buen desempeño. Está conmigo porque decidió estarlo, y su decisión no se rompe. Ese es el descanso: saber que voy acompañada, siempre, hasta el final del camino.
Oración
Padre fiel, gracias porque tu «nunca me dejaré» no es una promesa frágil como las mías. Tú no te vas cuando fallo, no te alejas cuando la ansiedad me aprieta, no te cansas de acompañarme aunque yo dude. Perdóname por las veces que caminé sola, cuidándome de todo, sin apoyarme en ti. Perdóname por medir tu presencia según mi buen o mal desempeño, como si tu compañía fuera un premio que yo tuviera que ganar. Enséñame a descansar en que estás conmigo por tu carácter y no por mis méritos. Cuando el futuro me parezca un espacio abierto y vacío, recuérdame que voy tomada de tu mano. Cuando la soledad quiera volver, hazme oír tu voz que dice: no te desampararé, no te dejaré. Quita de mi pecho la vieja sospecha y llénalo con la certeza de tu presencia constante. Quiero avanzar distinto, sabiendo que no cruzo nada por mi cuenta. Gracias porque tu fidelidad no se rompe. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Qué promesa rota te enseñó a desconfiar de la palabra «nunca»?
- ¿En qué área de tu vida sientes que la presencia de Dios depende de tu buen desempeño?
- ¿Cómo cambia tu manera de caminar saber que Dios no se irá aunque falles?
- ¿Qué parte de tu futuro te parece hoy un espacio abierto y vacío que temes cruzar sola?
- Escribe la frase «nunca te dejaré» como si Dios te la dijera a ti hoy. ¿Qué sientes al leerla?



