Todo lo puedo en Cristo que me fortalece
Todo lo puedo en Cristo que me fortalece. — Filipenses 4:13 — RVR1960

Durante años entendí ese versículo como un grito de victoria. Lo repetía antes de un examen, antes de una entrevista, antes de cualquier cosa que yo quería lograr. «Todo lo puedo», me decía, como si fuera un motor que arrancaba solo con darle vueltas a la frase. Y funcionaba… hasta que dejaba de funcionar. Porque llegó un día en que no logré lo que quería, y me quedé mirando el versículo sin saber qué hacer con él.
Una tarde alguien me hizo notar dónde estaba Pablo cuando escribió esas palabras. No en una tarima, no celebrando un triunfo. Estaba preso. Encadenado, sin saber si saldría con vida. Y desde ese lugar dijo que había aprendido a estar contento tanto en la abundancia como en la escasez, tanto lleno como con hambre. El «todo lo puedo» no era la fuerza para conseguir lo que soñaba. Era la fuerza para sostenerse en lo que le tocaba vivir.
Eso me cambió por dentro. Yo había convertido la promesa en un impulso para mis ambiciones, y en realidad era un descanso para mi alma cansada. La fuerza no venía de apretar los dientes. Venía de Cristo. Las dos palabras que yo siempre me saltaba —«en Cristo»— eran justamente el corazón de todo.
Pienso en un niño pequeño intentando cargar algo enorme, algo que le queda muchísimo más grande que sus brazos. Solo, no puede. Pero si otro más fuerte lo sostiene con él, de pronto lo levanta con una facilidad que no le pertenece. Así es esta promesa. No dice que yo soy fuerte. Dice que hay Alguien que me fortalece, y que por eso puedo permanecer de pie en cosas que jamás podría cargar por mi cuenta.
Desde entonces dejé de usar el versículo como látigo para exigirme más. Ahora lo uso como almohada para apoyar mi cansancio. Cuando la carga me supera, ya no me pregunto si tengo fuerzas suficientes. Me pregunto si estoy dejando que Cristo las ponga. Y descubro, una y otra vez, que su fortaleza alcanza para el día que me tocó, no para el que yo imaginaba.
Tú no tienes que poder solo. Nunca fue esa la idea.
Oración
Señor Jesús, perdóname por haber tomado tu promesa y haberla usado para empujar mis propios planes. Creí que «todo lo puedo» hablaba de mi esfuerzo, cuando siempre habló de ti. Hoy quiero dejar de apretar los dientes y aprender a descansar en tu fuerza. Como Pablo desde su cárcel, enséñame a estar contento en la escasez y en la abundancia, en los días llenos y en los días con hambre. Cuando la carga me supere, recuérdame que no me pediste cargarla solo. Tú eres quien me fortalece; tú eres la fuerza en mis brazos cansados. Ayúdame a distinguir tus llamados de mis ambiciones, para no gastar mi vida corriendo detrás de lo que nunca me pediste. Sostén conmigo lo que yo no puedo levantar. Y cuando alguien me vea de pie en medio de algo difícil, que sepan que no fue mi fuerza, sino la tuya. Gracias porque tu poder se perfecciona en mi debilidad. Confío en ti. Amén.
Para reflexionar
- ¿En qué situaciones he usado «todo lo puedo» como impulso para mis propios planes en lugar de descanso en Cristo?
- ¿Qué carga estoy tratando de levantar solo hoy, con mis propias fuerzas?
- ¿Cómo cambia mi día saber que Pablo escribió esto desde una prisión y no desde una victoria?
- ¿Puedo distinguir entre un llamado de Dios y una ambición mía? ¿Cuál estoy persiguiendo ahora?
- ¿Qué significaría para mí apoyar mi cansancio en esta promesa en lugar de exigirme más?



