En quietud y confianza está mi fortaleza
Porque así dijo Jehová el Señor, el Santo de Israel: En descanso y en reposo seréis salvos; en quietud y en confianza será vuestra fortaleza. — Isaías 30:15 — RVR1960

Ayer, sin darme cuenta, pasé la tarde entera con el teléfono en la mano. Cada vez que había un segundo de silencio, lo llenaba: un mensaje, un video, una noticia más, otra lista de pendientes en la cabeza. Cuando por fin apagué la pantalla, el silencio de la casa me pareció incómodo, casi extraño, como si hubiera olvidado cómo se siente no hacer nada.
Me quedé sentada a la mesa de la cocina. No prendí la radio ni busqué mi celular. Solo respiré. Al principio la mente seguía corriendo, repasando conversaciones, adelantando problemas, calculando lo que debía hacer mañana. Pensé que orar sería inútil con tanto ruido dentro. Pero no me levanté. Decidí quedarme, aunque no supiera qué decir.
Poco a poco, algo cedió. No fue una voz fuerte ni una revelación deslumbrante. Fue como cuando el agua de un vaso, después de agitarse, se aquieta y por fin se puede ver a través de ella. Entendí que el silencio no era un vacío que yo debía llenar, sino un lugar donde Dios podía por fin ser escuchado.
He aprendido que la quietud no me llega sola. La tengo que elegir. Tengo que apagar cosas, decir que no a distracciones que parecen inofensivas, sentarme aunque me pique la impaciencia. Callar todo lo demás para que solo quede Él es una disciplina, no una casualidad. El mundo grita; Dios susurra. Y su susurro solo se oye cuando yo dejo de hacer ruido.
Dios no compite por mi atención a gritos. Espera con paciencia a que yo baje la voz de mi propia ansiedad. Y cuando por fin lo hago, descubro que no estaba lejos: estaba ahí, sereno, esperando que me sentara con Él sin prisa.
Esa noche no resolví ninguno de mis problemas. Pero me levanté distinta, con el corazón más liviano. En la quietud volví a recordar que mi fortaleza no viene de resolverlo todo ni de estar siempre ocupada, sino de descansar en el que sostiene todas las cosas. Hoy quiero volver a buscar ese silencio, no como un lujo, sino como el aire que mi alma necesita para respirar.
Oración
Señor, mi vida está llena de ruido, y muchas veces yo misma lo provoco. Lleno cada silencio para no sentir el vacío, y así dejo de escucharte. Perdóname por buscar tantas voces antes que la tuya. Enséñame a callar. Ayúdame a apagar lo que me distrae y a sentarme contigo aunque al principio me cueste, aunque mi mente siga corriendo. Aquiétame, Padre, como se aquieta el agua después de la tormenta. Recuérdame que tú no gritas para llamar mi atención, sino que esperas con paciencia mi silencio. Quiero aprender a descansar en ti, a confiar sin tener que resolverlo todo, a encontrar mi fortaleza en tu presencia y no en mis prisas. Que la quietud no sea para mí un vacío temido, sino el lugar donde te encuentro. Cuando el mundo me exija más de lo que puedo dar, llévame de nuevo a ese silencio donde solo quedas tú. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Con qué suelo llenar los silencios de mi día para no quedarme a solas con Dios?
- ¿Qué ruido concreto podría apagar hoy para poder escuchar mejor a Dios?
- ¿Cómo se siente mi mente cuando por fin deja de correr? ¿Qué descubro allí?
- ¿En qué área estoy buscando mi fortaleza en el esfuerzo en vez de en el descanso en Dios?
- ¿Qué me impide creer que Dios me espera con paciencia y no con reproche?



