Mis ojos están puestos en ti
Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos. — Salmo 32:8 — RVR1960

Se me perdió mi hijo en el mercado, apenas por un minuto. Me había soltado la mano para mirar unas frutas de colores, y cuando volví los ojos, ya no estaba. El corazón se me subió a la garganta. Caminé rápido entre los puestos, llamándolo por su nombre, con esa mezcla de susto y culpa que uno siente cuando cree que ha fallado en lo único importante.
Lo encontré dos pasillos más allá, tranquilo, observando a un señor que apilaba naranjas. Ni siquiera había notado que se había separado de mí. Cuando me vio, corrió y me abrazó las piernas como si nada hubiera pasado. Y me di cuenta de algo que me dejó pensando el resto del día: él nunca supo que estuvo perdido, porque yo nunca dejé de buscarlo. Mientras él miraba naranjas, yo lo miraba a él.
Hay decisiones en mi vida que no logro tomar. Me detengo, calculo, me devuelvo, vuelvo a empezar. Y en medio de esa parálisis siento una soledad rara, como la de un niño que se soltó de la mano y no sabe si alguien lo sigue buscando. Me convenzo de que Dios me dejó a mi suerte, con la tarea de adivinar el camino correcto yo sola.
Pero esa tarde entendí que no es así. Yo perdí de vista a mi hijo apenas unos segundos, y me angustié. Dios no me pierde de vista nunca. Su promesa no es un mapa detallado ni una voz que me grite la respuesta exacta. Su promesa es más honda: sus ojos están sobre mí. Aunque yo no sepa hacia dónde ir, Él sabe dónde estoy. Aunque yo me sienta extraviada, para Él nunca lo estoy.
No tengo la respuesta que buscaba. Sigo parada frente a mis dos caminos. Pero ya no me pesa igual, porque descubrí que la pregunta no era «¿cuál camino?», sino «¿quién me está mirando?». Y la respuesta a esa sí la tengo. Me está mirando el mismo que me formó, el que no aparta sus ojos de mí ni cuando yo aparto los míos de Él. Puedo caminar sin saberlo todo, porque no camino sin ser vista.
Oración
Señor, tú ves lo que yo no veo. Ves el camino entero cuando yo apenas alcanzo a mirar el primer paso. Confieso que muchas veces vivo como si me hubieras soltado de la mano, como si tuviera que resolverlo todo sola y en silencio. Perdóname por olvidar que tus ojos nunca se apartan de mí.
Gracias porque no me pierdes de vista, ni cuando yo me distraigo, ni cuando me alejo, ni cuando me quedo paralizada sin saber qué hacer. Tú me buscas antes de que yo sepa que estoy perdida. Tú me sostienes con la mirada aunque yo no la sienta.
No te pido hoy que me muestres todo el mapa. Te pido descansar en saber que tú lo tienes. Dame la confianza de un niño que sigue caminando porque sabe que alguien lo cuida. Fija tus ojos sobre mí, Señor, y ayúdame a levantar los míos hacia ti en medio de mis decisiones. Contigo mirándome, ningún camino me deja huérfana. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿En qué área de mi vida me siento como un niño que se soltó de la mano?
- ¿Qué cambia en mi angustia cuando recuerdo que Dios nunca me pierde de vista?
- ¿Estoy pidiéndole a Dios un mapa completo cuando Él me ofrece su mirada constante?
- ¿Cómo sería tomar el próximo paso confiando en que soy vista, aunque no lo entienda todo?
- ¿Qué decisión he estado postergando por miedo a equivocarme sola?
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“Sobre ti fijaré mis ojos. No te suelto de la vista.” puede acompañarte más allá de esta lectura. Este lienzo cristiano enmarcado transforma el mensaje de este devocional en un recordatorio visible de fe para tu hogar, inspirado en Salmo 32:8. Está disponible en varios tamaños y acabados de marco para que encuentres la combinación adecuada para tu espacio o para un regalo con significado.







