Devocionales

El Señor no te dejará solo

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No temas ni te acobardes, porque el Señor no te dejará ni te desamparará.

Y Jehová va delante de ti; él estará contigo, no te dejará, ni te desamparará; no temas ni te intimides. — Deuteronomio 31:8 — RVR1960

No temas ni te acobardes, porque el Señor no te dejará ni te desamparará.

Hace unas semanas mi hijo empezó en un equipo de fútbol nuevo. No conocía a nadie. La tarde del primer entrenamiento se quedó parado en la puerta de la cancha, con la pelota bajo el brazo, mirando a los otros niños que ya se reían entre ellos. «No quiero entrar», me dijo bajito. «No sé qué van a pensar de mí».

Y yo, que lo veía desde afuera de la reja, sentí ese nudo tan de padre: querer entrar por él, jugar por él, hablar por él. Pero no podía. Había una línea que solo él podía cruzar.

Hay tantos lugares así, ¿verdad? La reunión que temo. El diagnóstico que espero. El día nuevo en un trabajo donde no conozco a nadie. Sitios donde nos toca entrar y sentimos que caminamos hacia lo desconocido con las manos vacías.

Esa noche, ya en casa, abrí Deuteronomio 31:8 y me detuve en algo que casi nunca leo despacio. Moisés le dice esto a Josué justo antes de una tierra entera que no conocía, llena de gigantes en su imaginación. Y no le promete que se acabará el miedo. Le promete una compañía: «El Señor va delante de ti y estará contigo».

Me di cuenta de que yo pensaba en Dios como alguien que me anima desde la reja, que me suelta la mano en la línea de entrada y me dice «tú puedes». Pero el versículo dice algo mucho más grande. Dios no se queda del otro lado mirando. Él cruza conmigo. Camina a mi lado por la cancha desconocida. Y ya estuvo antes en ese lugar que yo temo.

Mi hijo entró aquella tarde. Torpe al principio, callado. Pero entró. Y yo entendí que mi Padre hace conmigo algo que yo no pude hacer con él: no me deja en la puerta. Camina adentro, junto a mí, todo el partido.

Hoy, si hay un lugar hacia el que caminas con el estómago apretado, escucha la doble promesa. No temas. No te acobardes. No porque seas valiente, sino porque quien va contigo nunca te va a soltar la mano ni a dejarte atrás. El Señor no te deja solo.

Oración

Padre, tú sabes los lugares que me dan miedo. Los conoces por nombre: esa conversación, esa espera, ese día nuevo en el que me siento pequeño y solo. Gracias porque tu promesa no depende de mi valentía. Tú vas delante de mí y caminas a mi lado, y no me sueltas en la puerta. No me dejas del otro lado de la reja animándome de lejos: tú entras conmigo. Perdóname cuando te imagino distante, como alguien que me acompaña un rato y después se despide. Ayúdame a creer que estás adentro, junto a mí, en cada lugar que temo. Cuando el estómago se me apriete, recuérdame que no estoy caminando solo hacia lo desconocido, sino que tú ya estuviste ahí. Quítame el miedo que me paraliza y dame el paso pequeño que hoy necesito dar. Sostén mi mano cuando quiera retroceder. Gracias, Señor, porque tú nunca me vas a dejar ni a desamparar. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿Cuál es la ‘puerta’ hacia la que hoy camino con el estómago apretado?
  • ¿Suelo imaginar a Dios acompañándome de lejos o entrando conmigo? ¿Por qué?
  • ¿Qué cambia en mi miedo si creo que Dios ya estuvo antes en el lugar que temo?
  • ¿Qué paso pequeño puedo dar hoy sabiendo que no camino solo?
  • ¿A quién puedo acompañar esta semana como Dios me acompaña a mí?

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