Que mis labios edifiquen
Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. — Efesios 4:29 — RVR1960

El sábado por la tarde ayudé a mi sobrino a construir una torre con bloques de madera. Él tenía cinco años y toda la paciencia que a mí me faltaba. Ponía una pieza, la torre se tambaleaba, y yo ya estaba diciendo: «Así no, se va a caer, ponla derecha». Lo repetí tantas veces que en algún momento el niño soltó los bloques y me miró. «Tío, tú solo dices lo que está mal», me dijo, sin enojo, con la sinceridad limpia de quien todavía no aprende a esconder las cosas.
Me quedé callado. Tenía razón. Llevaba media hora corrigiendo y ni una sola vez había dicho «qué bien», «me gusta», «sigue». Y no era solo con la torre. Pensé en cómo hablo en casa, en el trabajo, en el grupo del teléfono: lo rápido que soy para señalar el error, lo lento que soy para reconocer el esfuerzo.
Entonces cambié. Puse una pieza y dije: «Mira, esa quedó firme». Él sonrió y puso otra encima con cuidado. Yo volví a hablar, pero esta vez para animar: «Buena, esa aguanta». La torre creció más alto que ninguna de las anteriores, no porque yo supiera de bloques, sino porque mis palabras dejaron de empujarla hacia abajo.
Pablo lo dijo sin rodeos: que ninguna palabra corrompida salga de nuestra boca, sino la que edifica. Edificar es levantar, poner algo encima de lo que ya está, hacer crecer al otro en vez de recordarle todo lo que le falta. Y me di cuenta de que yo había estado usando mis palabras como una mano que aprieta, no como una que sostiene.
Esa tarde entendí que corregir no es lo contrario de amar, pero que muchas veces lo uso como excusa para no bendecir. Un niño con una torre de madera me lo mostró: la gente crece cuando alguien nota lo que ya está firme y lo dice en voz alta.
Esa noche, antes de dormir, hice una lista mental de tres personas a quienes iba a decirles algo bueno al día siguiente. No mentiras amables. Verdades que nunca me había detenido a nombrar. Y sentí que, por fin, mis palabras querían levantar en vez de corregir.
Oración
Señor, tú conoces mi boca mejor que yo. Sabes cuántas veces hablo para señalar y qué poco me detengo a bendecir. Perdóname por usar mis palabras como una mano que aprieta cuando podían ser una que sostiene. Hoy quiero que ninguna palabra corrompida salga de mí, sino la que edifica, la que da gracia a los que escuchan. Abre mis ojos para notar lo que ya está firme en las personas que amo, y suelta mi lengua para decirlo en voz alta. Que mi esposo, mis hijos, mis compañeros, hasta el desconocido de la fila, salgan un poco más altos después de hablar conmigo. Enséñame a corregir sin aplastar y a animar sin mentir. Que mis palabras lleven tu amor, tu esperanza y tu gozo, porque de tu boca solo salen palabras de vida. Hazme un constructor y no un demoledor. Y cuando me falte la palabra buena, dámela tú. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿A quién he estado corrigiendo tanto que olvidé animarlo?
- ¿Qué verdad buena podría decirle hoy a alguien y nunca me detengo a nombrar?
- ¿Uso a veces la corrección como excusa para no bendecir?
- ¿Cómo cambiaría mi casa si mis palabras edificaran más de lo que señalan?
- Escribe tres personas y una palabra de vida para cada una.
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