Vivimos confiados en el Señor
(porque por fe andamos, no por vista). — 2 Corintios 5:7 — RVR1960

El taller mecánico me dio un presupuesto que no podía pagar. Salí a la banqueta con el papel doblado en la mano y me quedé mirando la calle, haciendo cuentas que no cerraban. Ahí, parada bajo el sol, empecé a repasar todo lo que sabía: cuánto había en la cuenta, cuánto faltaba para fin de mes, la lista de gastos que no perdonan. Cada número me apretaba un poco más el pecho. Lo que tenía frente a mis ojos era un callejón sin salida.
Y sin embargo, algo dentro de mí se negaba a firmar esa conclusión. Porque he visto a Dios abrir puertas donde yo solo veía muros. He recibido ayuda de lugares que ni siquiera había imaginado. Los números eran reales, sí, pero no eran toda la verdad. La verdad completa incluía a un Dios que sostiene, que provee, que camina conmigo aunque yo no logre ver el siguiente paso del camino.
Ese día entendí que confiar en el Señor no es fingir que el problema no existe. Es cargar el problema con las dos manos y, aun así, dar un paso hacia adelante, apoyada en Alguien que sí ve el final de la historia. Es vivir confiados, como dice Pablo, aunque estemos lejos todavía de tener la respuesta en la mano.
Regresé a casa sin la solución, pero con el corazón más quieto. Empecé a orar por ese gasto en lugar de solo temerlo. Hablé con la gente que debía hablar. Y poco a poco, no de golpe, la provisión fue apareciendo: un trabajo extra, una rebaja que no esperaba, una mano amiga. No siempre las cosas se resuelven como imaginamos. Pero la confianza no depende del resultado; depende de quién es Dios.
Hoy sé que vivo mejor cuando dejo de exigirle a mis ojos que me den seguridad. Mis ojos ven el presupuesto, la enfermedad, la distancia, la incertidumbre. Mi fe ve al que está sentado en el trono y no me ha soltado. Entre esas dos historias, elijo cada mañana cuál voy a creer. Y elijo caminar confiada, con la mano puesta en la del Señor.
Oración
Señor, tú sabes cuántas veces mis ojos me cuentan una historia de miedo. Veo los números que no cierran, las puertas cerradas, las esperas largas, y mi corazón se aprieta. Perdóname cuando dejo que lo visible tenga la última palabra, como si tú no estuvieras sentado en el trono. Hoy quiero vivir confiado en ti. No porque el problema haya desaparecido, sino porque tú eres más grande que todo lo que veo. Enséñame a caminar apoyado en tus promesas y no en mis cálculos. Cuando la incertidumbre me quiera paralizar, recuérdame que tú ves el final del camino que yo apenas empiezo a recorrer. Dame la paz que viene de saberme sostenido por tus manos. Quiero dar el siguiente paso confiado, aunque no vea lo que sigue, seguro de que tú vas conmigo y no me sueltas. Gracias porque tu fidelidad no depende de lo que yo logre entender. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Qué historia te están contando hoy tus ojos, y qué historia distinta te cuenta tu fe?
- ¿En qué área concreta necesitas dejar de exigirte seguridad y empezar a confiar en Dios?
- Recuerda una vez en que Dios abrió una puerta donde tú solo veías un muro. ¿Cómo te anima eso ahora?
- ¿Qué paso hacia adelante puedes dar hoy, aunque no veas todavía el resultado?
- ¿Cómo cambiaría tu semana si vivieras ‘confiado en el Señor’ en lugar de confiado en tus cálculos?
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