Él dijo: Calla, enmudece
Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza. — Marcos 4:39 — RVR1960

Íbamos en el auto de regreso a casa, mi hijo y yo. Él me hablaba de un dibujo que había hecho en la escuela, de un dragón que echaba fuego por una sola fosa nasal, y se reía solo de su propia ocurrencia. Yo manejaba con las manos firmes en el volante, pero no lo estaba oyendo de verdad. Por dentro corría otra voz, más rápida, más insistente, enumerando todo lo que faltaba: una respuesta que debía enviar, una cita que aún no confirmaba, un asunto de la casa que llevaba semanas dando vueltas.
Ninguna de esas cosas gritaba. Ese era el problema. Todas murmuraban al mismo tiempo, bajito, como un mar que nunca deja de moverse. Y ese murmullo constante me tenía lejos, aunque mi hijo estuviera a un brazo de distancia, contándome de su dragón.
De pronto me acordé de la escena en la barca. Cuando Jesús se levanta, no negocia con cada ola por separado. No pregunta cuál es la más grande ni cuál merece atención primero. Le habla al mar entero. «Calla, enmudece.» Y el texto dice que cesó el viento, y se hizo grande bonanza. De un solo mandato, todo.
Eso me alcanzó como agua fresca. Yo creía que mis preocupaciones eran demasiado pequeñas para molestar a Dios, que ninguna era lo bastante seria para orar por ella. Pero Él no exige que yo elija la más urgente. Le entrego el mar completo, con todas sus olas menudas, y Él lo hace enmudecer de una vez.
En el siguiente semáforo giré la cara y miré a mi hijo. «Cuéntame otra vez lo del dragón», le dije. Y esta vez sí lo escuché, con todo el cuerpo y toda la mente. No porque mi lista se hubiera terminado. Seguía ahí. Pero le había pedido a Jesús que le hablara, y esa quietud que Él regala no depende de que ya no quede nada por hacer. Depende de que Él es el Señor del mar, y el mar lo obedece. La bonanza no era el vacío de mi agenda. Era Su presencia devolviéndome al lugar donde de verdad quería estar.
Oración
Señor Jesús, Tú que dormías tranquilo en la barca mientras la tormenta rugía, sé el dueño de mi mar hoy. No te traigo una sola preocupación grande; te traigo el montón entero de las pequeñas, esas que murmuran todo el tiempo y me roban de la habitación donde estoy. Sé que no tengo que elegir cuál es la más digna de molestarte. Tú le hablas al mar completo y todo enmudece a Tu voz. Habla también a mi corazón inquieto. Di sobre mí Tu palabra: calla, enmudece. Y hazme creer que la calma no llega cuando termino mi lista, sino cuando descanso en que Tú eres el Señor. Devuélveme la atención para los rostros que amo, para las voces que me hablan y no alcanzo a escuchar. Que mi cuerpo y mi mente estén en el mismo lugar, presente, contigo. Gracias porque Tu bonanza no depende de mis fuerzas, sino de Tu poder. En Tu nombre descanso. Amén.
Para reflexionar
- ¿Cuáles son las olas pequeñas que hoy murmuran dentro de ti al mismo tiempo?
- ¿Hay una preocupación que crees demasiado pequeña para llevarla a Dios? ¿Por qué?
- ¿En qué momento de esta semana estuviste presente en cuerpo pero ausente en mente?
- Si Jesús le hablara a tu mar entero ahora, ¿qué cambiaría en cómo escuchas a quienes amas?
- ¿Qué significa para ti que la calma dependa de Su presencia y no de tu lista terminada?
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