Dios no nos guarda rencor para siempre
No contenderá para siempre, ni para siempre guardará el enojo. No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados. — Salmo 103:9-10 — RVR1960

Mi hijo mayor y yo tuvimos una discusión tonta antes de que se fuera a la escuela. Algo de la mochila sin cerrar, un tono de voz, una puerta que se cerró más fuerte de lo debido. Se marchó sin despedirse y yo me quedé con el corazón apretado, dándole vueltas al asunto toda la mañana. Ensayé lo que le diría al volver. Preparé, sin darme cuenta, una pequeña lista: el tono, la puerta, la falta de despedida. Estaba lista para el reproche.
Pero cuando llegó por la tarde, entró cabizbajo, dejó la mochila en el suelo y me abrazó por la cintura sin decir nada. Y sentí cómo toda mi lista se deshacía. No quería recitarle sus faltas. Solo quería tenerlo cerca. Le acaricié el pelo y le dije: «Ya pasó, mi amor.» Y de verdad había pasado. No lo guardé para sacarlo después.
Esa noche pensé en cómo suelo imaginarme a Dios. Cuando vuelvo a Él después de fallar, sobre todo en lo mismo de siempre, me lo imagino con una libreta abierta, listo para leerme la cuenta. Espero que su enojo dure lo que dura el mío, que me guarde rencor, que me reciba con distancia hasta que yo pague de alguna forma.
Pero el Salmo dice otra cosa. «No contenderá para siempre, ni para siempre guardará el enojo.» Dios no arrastra el rencor de un día a otro. No me trata según mis pecados ni me cobra según mis maldades. No lleva un registro que me lea de vuelta cada vez que aparezco en su puerta.
Me cuesta creerlo, honestamente. Me parece demasiado bueno. Pero es que su amor no funciona como el mío en mis días cansados. Él no me recibe con los brazos cruzados ni con una lista bajo el brazo. Me recibe como yo recibí a mi hijo esa tarde: sin cuentas, sin distancia, con las manos abiertas. Y me deja abrazarlo por la cintura y quedarme ahí, sabiendo que ya pasó.
Oración
Padre, gracias porque no guardas rencor. Vengo a Ti cansada de mí misma, con la misma falta de siempre, esperando encontrarte con los brazos cruzados. Y me encuentro, en cambio, con tu abrazo. Perdóname por imaginarte según mi propio corazón cansado, según mis días en que llevo cuentas y arrastro enojos de una hora a otra. Tú no eres así. Tú no me tratas según mis pecados ni me cobras según mis maldades. Enséñame a creerlo de verdad, no solo con la cabeza sino en lo hondo, donde todavía temo tu reproche. Gracias porque tu enojo no dura y tu amor no lleva registro. Gracias porque cada vez que vuelvo, vuelvo a lo mismo: a tu misericordia entera. Ayúdame a recibir a los que me fallan con esa misma libertad, sin guardar la cuenta para después. Que mi casa sea un lugar donde las faltas de verdad pasan. Gracias por tenerme cerca. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Qué lista de reproches sueles preparar cuando vuelves a Dios después de fallar?
- ¿Cómo cambia tu manera de acercarte a Él si crees que su enojo no dura?
- ¿Hay alguien a quien le estás guardando rencor de un día para otro?
- ¿Qué falta tuya te cuesta más creer que Dios ya no te está cobrando?
- ¿Cómo sería recibir hoy a alguien ‘sin la cuenta bajo el brazo’?
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