Dios me llama su hijo cuando busco la paz
Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. — Mateo 5:9 — RVR1960

El silencio en la mesa era más ruidoso que cualquier grito. Dos personas que amo habían discutido esa mañana, y yo estaba en medio: el mensaje de una en el teléfono, la voz herida de la otra en el pasillo. Cada quien me contó su versión y esperaba que yo tomara partido. La salida cómoda estaba clarísima: darle la razón a la que tenía razón, guardar distancia de la otra y seguir con mi día. Podía llamar a eso prudencia.
Pero mientras lavaba los platos, entendí que eso no era hacer la paz. Era administrar el conflicto desde lejos. Yo podía mantener las cosas tranquilas sin que nada sanara, como quien barre el polvo debajo de la alfombra y se felicita por el piso limpio. La ausencia de pleito no es lo mismo que la reconciliación. Una es un muro; la otra es un puente.
Y entonces recordé cómo me trató Dios a mí. Cuando yo estaba lejos, enojada, con mis argumentos listos, Él no se quedó en su rincón esperando que yo cediera primero. En Cristo se acercó, se metió en medio del desastre y pagó el precio de cruzar la distancia. Hacer la paz no me sale barato porque a Él tampoco le salió barato.
Esa tarde no busqué tener la razón. Busqué a las dos. Me senté con una, escuché sin defender a la otra, y luego hice lo mismo del otro lado. No controlé el final. No obligué a nadie a abrazarse. Solo me puse en el espacio incómodo del medio, con humildad, prefiriendo la relación por encima de ganar el punto.
Jesús dijo que los que hacen la paz serán llamados hijos de Dios. Empecé a entender por qué. Cuando dejo de administrar la distancia y me acerco a reconciliar, estoy haciendo lo que mi Padre hace. Me parezco a Él. Llevo su apellido en las manos. No porque logre el resultado perfecto, sino porque me atrevo a moverme hacia la paz como Él se movió hacia mí. Y en ese gesto pequeño y valiente, escucho que me llama suya.
Oración
Padre, gracias porque cuando yo estaba lejos, tú no me dejaste en mi rincón. En Cristo cruzaste toda la distancia y pagaste el precio para reconciliarme contigo. Perdóname las veces que confundo el silencio con la paz, que administro los conflictos desde lejos para no ensuciarme las manos. Enséñame la diferencia entre guardar la calma y construir un puente. Dame el valor de meterme en el espacio incómodo del medio, con humildad, prefiriendo a las personas por encima de tener la razón. Quita de mí las ganas de controlar el final; ese resultado es tuyo, no mío. Yo solo quiero moverme hacia la paz como tú te moviste hacia mí. Hazme un hijo que se parece a su Padre, que lleva tu corazón reconciliador en las manos. Que cuando otros me vean acercarme en vez de alejarme, vean un reflejo pequeño de tu gracia. En el nombre de Jesús, el que hizo la paz por medio de la cruz, amén.
Para reflexionar
- ¿Hay un conflicto donde estoy manteniendo la calma pero no buscando la reconciliación?
- ¿En qué se diferencia levantar un muro de tender un puente en mis relaciones?
- ¿Cómo cruzó Dios la distancia hacia mí cuando yo estaba lejos?
- ¿Qué me cuesta más: tener la razón o cuidar la relación?
- ¿Dónde me está pidiendo Dios que me acerque en vez de alejarme, sin controlar el resultado?
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