Dios obra por mí mientras yo espero
Y Jesús les respondió: Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo. — Juan 5:17 — RVR1960

El invierno pasado dejé una masa de pan reposando sobre la mesa de la cocina, tapada con un paño limpio. La receta decía que debía esperar dos horas, así que la puse en un rincón tibio y me fui a hacer otras cosas. Cada tanto volvía, levantaba el paño y miraba. Al principio la masa seguía igual: densa, quieta, un bulto pálido que no prometía nada. «¿Y si me quedé sin levadura?», pensé. «¿Y si esto no funciona?».
Pasó una hora y me convencí de que había echado algo a perder. La masa se veía exactamente igual que al principio. Me senté frustrada, tentada a tirarla y empezar de nuevo. Pero decidí darle un poco más de tiempo.
Cuando volví, casi me río sola: la masa había crecido hasta el doble, suave y viva, respirando bajo el paño. Todo ese rato en que yo la miraba con desconfianza, algo invisible había estado trabajando. La levadura no necesitaba mi aplauso ni mi ansiedad. Solo necesitaba hacer su obra callada mientras yo aprendía a esperar.
Cuántas veces le he dicho a Dios lo que le decía a esa masa: «¿Aquí de verdad está pasando algo?». Cuando la respuesta tarda, cuando la provisión no llega en la fecha que yo puse, cuando todo parece detenido, es fácil creer que Dios se olvidó. Pero Jesús dijo algo que me sostiene: «Mi Padre hasta ahora trabaja».
José pasó años en una cárcel de Egipto sin ver el plan; sin embargo Dios estaba tejiendo la salvación de una nación. El pueblo esperó siglos en la esclavitud, y Dios ya preparaba la liberación. Marta y María lloraron a Lázaro cuatro días, sin saber que Jesús ya venía en camino con vida en las manos.
Lo que a mí me parece silencio no es abandono. Es levadura. Es raíz. Es un Padre que provee en lo escondido lo que un día veré florecer. Mi trabajo no es apurar la masa, sino confiar en el Panadero. Él nunca deja de obrar por mí, aun cuando mis ojos no encuentren ni una señal.
Oración
Padre, gracias porque tú nunca dejas de trabajar por mí, aunque yo no vea nada moverse. Perdóname las veces que confundo tu silencio con tu ausencia, que quiero apurar lo que tú estás formando con calma. Tú provees en lo escondido; preparas caminos que todavía no distingo, abres puertas que aún no aparecen. Ayúdame a confiar como confío en la levadura que trabaja bajo el paño: sin verla, pero segura de que actúa. Cuando la espera se haga larga y me tiente el desánimo, recuérdame a José en la cárcel, a tu pueblo esperando, a las hermanas de Lázaro llorando sin saber que la vida ya venía. Enséñame a descansar en que tú eres mi Padre y hasta ahora trabajas. No necesito entender el proceso para confiar en tus manos. Dame paciencia que nazca de la fe, y fe que se apoye en tu bondad probada. Un día veré florecer lo que hoy solo creo. Hasta entonces, quiero esperar en paz, sabiendo que tu amor por mí no descansa nunca. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿En qué área de mi vida siento hoy que «no está pasando nada»?
- ¿Qué me cuesta más cuando espero: soltar el control o confiar en el tiempo de Dios?
- ¿Puedo recordar una ocasión en que Dios estuvo obrando en silencio y luego lo vi florecer?
- ¿Cómo cambiaría mi ansiedad si de verdad creyera que mi Padre «hasta ahora trabaja»?
- ¿Qué paso concreto de confianza puedo dar hoy mientras espero la respuesta?
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