El Señor se deleita en su pueblo
Alaben su nombre con danza; con pandero y arpa a él canten. — Salmo 149:3 — RVR1960

El sábado pasado ayudé a mi vecina Rosa a mudarse. Entre cajas y muebles pesados, terminamos exhaustos, sudados, con las manos rasposas del cartón. Cuando por fin bajamos la última silla, su hijo Mateo, de tres años, se subió a una caja vacía como si fuera un escenario y empezó a aplaudir. No aplaudía por nada en especial. Aplaudía porque estaba contento, porque el sol entraba por la ventana sin cortinas y a él le gustaba cómo sonaban sus manitas.
Rosa lo miró y se le llenaron los ojos de lágrimas. «Lleva días viéndome llorar por esta mudanza», me dijo. «Y él sigue feliz. Como si supiera algo que yo se me olvidó.» Nos reímos, pero la frase se me quedó pegada el resto del día.
De camino a casa pensé en cuántas veces adoro a Dios como quien cumple una tarea más de la mudanza: con las manos ocupadas, la cabeza en mil cosas, midiendo el cansancio. Se me había olvidado que la alegría no es un premio que llega cuando todo se acomoda. Es algo que brota cuando recuerdo quién me mira.
Esa noche abrí el Salmo 149 y leí: «Porque el Señor toma contento en su pueblo.» Me detuve ahí. No dice que Dios nos tolera. No dice que nos revisa como un capataz. Dice que se deleita, que se complace, que le da gusto vernos. Igual que a Rosa se le llenaron los ojos viendo a su hijo aplaudir sobre una caja.
Entonces entendí por qué el salmo invita a cantar y a danzar. No es un espectáculo para impresionar a nadie. Es la respuesta natural del corazón que descubre que ya es amado, que no tiene que ganarse la mirada de Dios porque ya la tiene puesta encima, y esa mirada es de gozo.
Antes de dormir puse una canción bajita y, con las manos todavía cansadas, aplaudí. Torpe, sin ritmo, medio riéndome de mí mismo. Pero por primera vez en mucho tiempo no me pregunté quién me veía. Me acordé de quién se deleitaba.
Oración
Padre, gracias porque tú te deleitas en mí. Cuánto me cuesta creerlo. Me acostumbré a acercarme a ti como quien rinde cuentas, midiendo si hice suficiente, escondiendo mi alegría por miedo a parecer torpe. Pero hoy me recuerdas que no me toleras: te complaces en mí, como un padre que sonríe al ver a su hijo. Perdóname por adorarte con el corazón encogido, siempre pendiente de lo que piensen los demás. Devuélveme la libertad de los que saben que ya son amados. Quiero cantarte sin vergüenza, aplaudirte sin ritmo, alegrarme en tu presencia aunque las cargas del día sigan ahí. Enséñame que la alegría no espera a que todo se acomode; brota cuando recuerdo tu mirada puesta en mí. Que mi adoración no sea una tarea más, sino la respuesta de un corazón que descubrió que le das gusto a Dios. Cuando me sienta cansado o pequeño, recuérdame que tú te contentas en tu pueblo, y que yo soy parte de él. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Adoro a Dios como quien cumple una tarea o como quien se sabe amado?
- ¿Creo de verdad que Dios se deleita en mí, o me acerco esperando ser tolerado?
- ¿Qué me impide expresar mi alegría delante de Dios sin medir lo que piensen los demás?
- ¿Espero que todo se acomode para alegrarme, o dejo que el gozo brote hoy?
- ¿Cuándo fue la última vez que adoré con libertad, sin vergüenza de mi propia alegría?
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