Imitad a Dios como hijos amados
Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. — Efesios 5:1 — RVR1960

Esta semana fui al mercado con mi sobrino de cinco años. Mientras yo escogía tomates, él agarró una bolsa, la sacudió para abrirla igual que yo, metió tres manzanas y dijo en voz alta, muy formal: «A ver, ¿cuáles están buenas?». Me quedé mirándolo. Esa es exactamente mi frase. Hasta frunció el ceño como yo frunzo cuando reviso la fruta. Nadie le enseñó eso en una clase. Le salió solo, porque lleva meses caminando a mi lado por estos pasillos.
Me reí por dentro, pero la risa se me quedó corta. Porque enseguida entendí algo que me incomodó un poco. Mi sobrino no me imita cuando le explico cosas. Me imita cuando anda cerca de mí y ni siquiera se da cuenta. Refleja lo que ha estado respirando a mi lado, los gestos que no le enseñé con palabras.
Y ahí me vino la pregunta de verdad. No es si yo estoy «actuando» bien como cristiana. Es si paso suficiente tiempo cerca de Jesús como para que se me pegue algo de Él sin que yo lo fuerce. Porque tantas veces trato de ser paciente, amable, mansa, apretando los dientes desde lejos, como quien copia un dibujo que casi no ve.
Pablo no dijo «esfuércense por parecerse a Dios». Dijo: «Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados». Primero amados. La imitación no es el precio que pago para que Dios me quiera; es lo que naturalmente va pasando cuando me quedo cerca de Quien ya me ama.
Un niño imita a quien lo tiene cargado todo el día. No imita por miedo, imita por cercanía y por confianza. Así quiere Dios que me parezca a Él: no desde el susto de reprobar, sino desde la seguridad de ser Su hija.
Esa noche pensé en toda la gente que me ve de cerca sin que yo me dé cuenta. Mi familia, mis vecinos, los que trabajan conmigo. Y por primera vez no me pregunté si estaba rindiendo bien. Me pregunté algo más tierno y más hondo: ¿me paso suficiente tiempo con Jesús como para que, sin querer, alguien vea un poco de Él en mí? No quiero copiarlo de lejos. Quiero quedarme cerca hasta que se me note.
Oración
Padre, gracias porque antes de pedirme que me parezca a Ti, me llamaste hijo amado. No tengo que ganarme ese nombre; ya me lo diste. Perdóname por las veces que intento parecer bueno desde lejos, apretando los dientes, copiando de memoria una paciencia y una bondad que no nacen de estar cerca de Ti.
Enséñame a quedarme contigo el tiempo suficiente para que se me pegue algo de quien eres. Como el niño que imita sin esfuerzo a quien lo carga todo el día, quiero reflejarte no por miedo a reprobar, sino por la confianza de saberme amado.
Que mi mansedumbre, mi manera de hablar y hasta mis gestos vayan cambiando porque pasé tiempo a tu lado. Y donde la gente me vea de cerca, en mi casa, en mi trabajo, con mis vecinos, que alcancen a ver un poco de Ti en mí.
No quiero actuar como cristiano. Quiero ser tu hijo que se parece a su Padre porque lo ama y vive cerca. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Estoy tratando de parecerme a Dios desde lejos o desde la cercanía con Él?
- ¿Qué de Jesús ha empezado a ‘pegárseme’ sin que yo lo forzara?
- ¿Quiénes me ven de cerca cada día sin que yo me dé cuenta?
- ¿Cómo cambia mi obediencia cuando recuerdo que ya soy hijo amado y no estoy en prueba?
- ¿Qué hábito concreto me ayudaría a pasar más tiempo cerca de Él esta semana?
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