El Señor acalla tus temores con su amor
Jehová está en medio de ti, poderoso, él salvará; se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos. — Sofonías 3:17 — RVR1960

Mi hijo tiene siete años y una libreta donde apunta todo lo que hace mal. No es un cuaderno real; es una costumbre que le vi hacer sin querer. Una tarde derramó un vaso de jugo sobre la mesa justo cuando yo pasaba con el teléfono en la oreja. Se quedó quieto, con los hombros encogidos, esperando. No esperaba un trapo ni una servilleta. Esperaba la lista: «siempre igual», «ten más cuidado», «ya van tres veces esta semana».
Y yo iba a decírselo. Lo sentí venir desde la garganta, ese reflejo de corregir antes de consolar, de medir antes de abrazar. Pero lo miré y vi su labio temblando, y algo se me ablandó. Dejé el teléfono. Me agaché a su altura, limpié el jugo con él y le dije bajito: «No pasa nada, mi amor. Es solo jugo. Te quiero igual». Lo abracé y sentí cómo su cuerpito, tenso como una cuerda, se soltaba poco a poco.
Esa noche no pude dormir pensando en cuántas veces yo me acuesto encogida, esperando que Dios me recite mi propia lista. Repaso el día y me adelanto a su reproche, convencida de que Él también lleva la cuenta de mis vasos derramados. Me cuesta creer que no venga con la regla en la mano.
Pero Sofonías dice algo que me desarma: «Callará de amor». Dios no me acalla con un sermón. Me acalla con ternura. No se queda enumerando mis caídas; las silencia con su cariño, como quien tapa el llanto de un niño contra su pecho hasta que se queda dormido en paz.
Me di cuenta de que mi hijo no necesitaba mi crítica para mejorar. Necesitaba saber que lo amaba incluso con el jugo corriendo por la mesa. Y yo tampoco necesito el castigo constante de mi propia conciencia. Necesito dejarme abrazar por un Dios que está en medio de mí, poderoso, y que en lugar de gritar, canta. En lugar de acusar, calma. En lugar de medir, se alegra.
Hoy intento recibir ese amor que acalla. Y cuando la voz interna empieza su lista, me acuerdo del labio tembloroso de mi hijo y de cómo bastó un abrazo. Dios hace conmigo lo mismo, y mucho más.
Oración
Padre, Tú estás en medio de mí y eres poderoso para salvarme. Perdóname porque muchas veces vivo encogida, esperando tu reproche, segura de que llevas la cuenta de todo lo que derramo. Qué difícil me resulta creer que no vienes con una lista, sino con los brazos abiertos. Hoy quiero dejar de adelantarme a tu castigo y aprender a recibir tu consuelo. Acalla mis temores con tu amor. Silencia esa voz interna que me mide y me subraya en rojo. Enséñame a escuchar, en cambio, tu canto, ese gozo tuyo que no entiendo pero que anhelo. Gracias porque no me toleras a regañadientes: te deleitas en mí. Gracias porque no cuentas mis caídas para cobrármelas, sino que las cubres con ternura. Ayúdame a tratar a los demás como Tú me tratas: con gracia antes que con crítica, con abrazo antes que con regla. Que mi casa y mi corazón sean lugares donde se acalla el temor y se celebra el amor. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿En qué momento del día esperas, sin darte cuenta, el reproche de Dios en lugar de su consuelo?
- ¿Cómo sería dejar que Dios acalle tus temores con su amor, en vez de acallarlos tú con esfuerzo?
- ¿A quién sueles corregir antes de consolar? ¿Qué cambiaría si lo abrazaras primero?
- Escribe una de las ‘listas’ que llevas contra ti misma y, al lado, lo que crees que Dios diría.
- ¿Qué significa para ti que Dios ‘se regocija con cánticos’ sobre tu vida?
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