El poder de su resurrección me levanta
a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte. — Filipenses 3:10 — RVR1960

Mi abuela tenía unas manos que yo creía conocer de memoria. Las vi pelar naranjas, trenzar mi cabello, sostener la Biblia los domingos. Pensaba que ya sabía todo de ella. Hasta que un día, cuando yo estaba hundida y sin fuerzas, esas mismas manos me tomaron la cara y me levantaron la cabeza con una firmeza que no le conocía. En ese gesto descubrí una fortaleza que sus manos siempre habían tenido, pero que yo nunca había necesitado ver. La conocía, sí, pero no la conocía toda.
Algo parecido me pasó con Dios. Durante un tiempo lo seguí como quien cumple una tarea: oraba porque tocaba, leía porque era lo correcto. Sabía muchas cosas verdaderas acerca de Él. Podía recitarlas. Pero eran datos, no un abrazo. Me movía por deber, y el deber, cuando se queda solo, pesa.
Fue en una temporada de cansancio cuando volví a las palabras de Pablo: «a fin de conocerle, y el poder de su resurrección». Me detuve en esa segunda parte. Pablo no hablaba de información. Hablaba de una fuerza que levanta, la misma que sacó a Jesús de la tumba, puesta a trabajar dentro de un corazón agotado.
Entendí entonces que conocer a Dios no es terminar un temario. Es dejar que su poder te alcance justo donde no tienes fuerzas. Hay un Dios que uno sabe de memoria, y hay un Dios que uno descubre cuando lo necesita de verdad. Y esa segunda parte nunca se acaba, porque Él es infinito. Siempre hay más de su fuerza esperándonos.
Dejé de ver esa inmensidad como un cansancio y empecé a verla como un consuelo. No voy a agotar a Dios. No voy a llegar al fondo de su amor y encontrarlo vacío. Cada mañana en que despierto sin ánimo, hay una resurrección pequeña disponible para mí: esas manos firmes que me levantan la cabeza y me dicen que todavía hay más, que puedo volver a empezar. No porque yo tenga fuerza, sino porque Él la tiene y me la presta. Conocerlo es dejarse levantar, una y otra vez, por quien nunca se cansa de levantarnos.
Oración
Señor, hoy no vengo con fuerzas propias. Vengo cansada, a veces vacía, y confieso que muchas veces te he seguido por costumbre más que por amor. Perdóname cuando te reduje a una lista de cosas sabidas. Perdóname cuando pensé que ya te conocía del todo y me quedé plana.
Quiero conocerte de verdad, y conocer el poder de tu resurrección, esa fuerza que levantó a Jesús y que todavía levanta a los que no pueden solos. Levántame la cabeza, Señor. Préstame tu fortaleza donde yo no la tengo. Recuérdame que eres infinito, que nunca llegaré al fondo de tu amor, y que esa inmensidad no es una carga sino un hogar al que siempre puedo volver.
Gracias porque cada mañana hay una resurrección pequeña para mí. Gracias porque no te canso, porque no te agoto, porque siempre hay más de ti esperándome. Enséñame a dejarme levantar por tus manos firmes. Y cuando el deber pese, recuérdame que debajo del deber estás Tú, vivo, poderoso y cercano. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿En qué área de mi vida estoy siguiendo a Dios por deber y no por cercanía?
- ¿Dónde necesito hoy que el poder de su resurrección me levante la cabeza?
- ¿Qué me impide creer que Dios tiene fuerza para prestarme cuando yo no la tengo?
- ¿Recuerdo algún momento en que descubrí a Dios distinto de como lo tenía guardado?
- ¿Cómo cambiaría mi mañana si esperara una pequeña resurrección cada día?
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