Cristo vive y la muerte ya no reina
Sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. — Romanos 6:9 — RVR1960

El domingo pasado, muy temprano, mi hija me despertó tirándome de la manga. «Mamá, ¿ya es de día?». La ventana todavía estaba gris, ese azul flojo que no se decide. Le dije que faltaba un poco. Ella se quedó sentada en el borde de la cama, esperando, como quien vigila una olla para que hierva.
Yo también he pasado años así. Sentada al borde de la vida, esperando que algo cambie. Esperando el resultado del médico, la llamada que no llega, el día en que por fin me sienta bien. Aprendí a vivir en el «todavía no». Me acostumbré a apretar los dientes por si acaso, a no soltar el aire por completo. Era una forma de fe, supongo, pero una fe agotada, siempre de puntillas.
Esa mañana, mientras el cuarto se iba llenando de luz sin que hiciéramos nada, entendí algo que llevaba tiempo dándome vueltas. La resurrección no es una espera. Ya sucedió. La piedra ya está corrida. El sepulcro ya está vacío. Yo estaba viviendo como si el desenlace aún dependiera de mi esfuerzo, cuando la victoria más grande ya se firmó hace dos mil años, en la madrugada de un jardín.
Cristo no está muerto esperando ser rescatado. Cristo vive. Y si Él vive, la muerte perdió su último argumento sobre mí. Ya no manda. Ya no dicta el final de mi historia. Puede asustarme, puede rondarme, pero no me gobierna.
Mi hija se cansó de esperar y saltó de la cama a abrir las cortinas de golpe. La luz entró entera. No la construyó ella; solo dejó de esperarla y la recibió. Así me siento con la esperanza ahora. No la fabrico apretando los dientes. La recibo, porque ya está aquí. La tumba vacía no es una promesa para algún día lejano; es un hecho al que puedo asomarme hoy.
Esa mañana solté el aire que llevaba años guardando. No porque mis problemas se resolvieran de repente, sino porque el peor de todos, el que da miedo nombrar, ya fue vencido. Si eso ya pasó, todo lo demás cabe en manos que ganan.
Oración
Padre, gracias porque no me pides que espere una victoria incierta, sino que descanse en una que ya conseguiste. Cristo vive, y ese hecho lo cambia todo. Perdóname por vivir de puntillas, apretando los dientes, como si el final de mi historia dependiera de mi fuerza. He cargado el aire guardado demasiado tiempo. Hoy lo suelto delante de Ti. Creo que la muerte ya no tiene dominio sobre mí, porque tu Hijo la venció de una vez para siempre. Cuando el miedo me susurre que lo peor todavía puede ganar, recuérdame la piedra corrida y el sepulcro vacío. Enséñame a recibir tu esperanza como se recibe la mañana: sin fabricarla, solo abriendo las cortinas del corazón. Que mi fe deje de ser agotada y se vuelva confiada. Y que quienes me rodean vean en mí a alguien que ya no espera de puntillas, sino que camina segura porque su Salvador está vivo. En el nombre de Jesús resucitado, amén.
Para reflexionar
- ¿En qué área de mi vida estoy viviendo de puntillas, en el «todavía no»?
- ¿Qué aire llevo años guardando que hoy podría soltar delante de Dios?
- Si la muerte ya no tiene dominio sobre mí, ¿qué miedo pierde su fuerza?
- ¿Cómo sería recibir la esperanza en lugar de fabricarla con mi esfuerzo?
- ¿Qué cambiaría en mi semana si viviera desde una victoria ya ganada?



