Devocionales

Soy hija amada de Dios

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Soy hija amada de Dios, escogida y sostenida por su amor

Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él. — 1 Juan 3:1 — RVR1960

Soy hija amada de Dios,
escogida y sostenida por su amor

Durante años me acostumbré a llegar a cada lugar preguntándome quién debía ser esta vez. Con unos era la fuerte que nunca se quejaba. Con otros, la simpática que siempre tenía la respuesta lista. En casa, la que resolvía todo para que nadie se preocupara. Me volví experta en leer expectativas y en amoldarme a ellas, hasta que un día me di cuenta de que ya no sabía cuál de todas esas versiones era realmente yo.

Lo noté una tarde cualquiera, lavando los platos. De pronto sentí un cansancio que no venía de las manos, sino de más adentro. Era el cansancio de fingir. De actuar para agradar. De correr detrás de una aprobación que nunca terminaba de llegar. Cerré la llave del agua y me quedé quieta, con las manos mojadas, y por primera vez en mucho tiempo me pregunté: ¿y si Dios no me quiere por lo que hago, sino simplemente porque soy suya?

Esa pregunta me desarmó con ternura. Porque siempre había supuesto que debía ganarme un lugar, incluso delante de Dios. Que si me esforzaba lo suficiente, quizás me aceptaría. Pero esa tarde entendí algo que cambió mi manera de mirarme: yo no soy un proyecto que Dios está evaluando. Soy una hija que Él ya escogió.

Dios no me ama por mis logros ni me tolera a pesar de mis fallas. Me ama porque me creó a propósito, con estos gustos, estas rarezas, esta forma de reír y de sentir. Nada en mí fue un accidente. Lo que tantas veces quise esconder, Él lo diseñó con cariño.

De a poco comencé a soltar las máscaras. No fue de golpe. Fue como quitarme, capa por capa, ropa que nunca fue mía. Y debajo de todo eso no había un vacío, como temía. Había una hija amada, sostenida, con un lugar seguro en el corazón de su Padre.

Hoy sigo aprendiendo a descansar en eso. Cuando siento la vieja tentación de actuar, de demostrar, de merecer, me detengo y me recuerdo lo esencial: no tengo que llegar a ser alguien para que Dios me quiera. Ya me quiere. Ya me eligió. Y en ese amor, por fin, puedo ser yo.

Oración

Padre, gracias porque tu amor no depende de mi desempeño. Vengo cansada de fingir, de correr detrás de la aprobación de todos, de amoldarme para encajar. Hoy quiero soltar esas máscaras delante de ti. Ayúdame a creer, no solo con la mente sino con el corazón, que soy tu hija amada, escogida antes de la fundación del mundo. Perdóname por haber pensado que tenía que ganarme tu cariño. Perdóname por esconder lo que tú mismo diseñaste en mí con propósito. Enséñame a ver mis gustos, mis rarezas y mi manera de ser como parte de tu obra intencional y no como algo que corregir. Dame el valor de dejar atrás las versiones falsas de mí misma y de descansar en la verdad de que ya me amas por completo. Cuando vuelva la tentación de actuar y demostrar, recuérdame quién soy en Cristo: tu hija, tu heredera, sostenida por tu amor. Quiero vivir desde esa seguridad y no desde el miedo. Gracias por recibirme tal como soy. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿En qué situaciones me pongo una máscara para ser aceptada?
  • ¿Cómo cambiaría mi día si viviera desde la certeza de ser hija amada de Dios?
  • ¿Qué parte de mi manera de ser he querido esconder que en realidad Dios diseñó con propósito?
  • ¿De quién o de qué busco aprobación en lugar de descansar en el amor de Dios?
  • ¿Qué máscara me está invitando Dios a soltar hoy?
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