Ahora bien, donde hay perdón de estas cosas, ya no hay ofrenda por el pecado.  Hebreos 10:18

 

Una vez que hemos recibido perdón por algo, no hay nada más que hacer al respecto (Hebreos 10:18). El perdón significa que la acción ya no está conectada a nosotros; nosotros no tenemos nada que ver con ésta, ni ésta con nosotros.
El perdón es absoluto y completo.

Cuando hemos sido perdonados, no queda nada por lo que tengamos que ser perdonados otra vez. El intentar, entonces,  ofrecer un sacrificio a Dios para probar nuestra sinceridad o para  sentir que merecemos Su regalo desinteresado pierde la verdad del perdón.

Dios olvida nuestro pecado, pero nosotros no (ni tampoco el diablo). Como parte de la Ley, los sacrificios tenían la intención de recordarles a las personas el pecado ineludible de sus vidas, con el fin de señalarles su necesidad del perdón de Dios en Jesús.

El recordatorio no tiene ningún propósito después del hecho. Sería como amarrar un hilo a tu dedo para recordarte que no olvides comprar la leche que ¡ya compraste en el mercado hace dos días! Ya fui perdonado; ya fuiste perdonado, por todas las cosas y por todo el tiempo.

A Dios le quedó sólo una opción para restaurarnos para Sí mismo. Tuvo que proveer un sustituto para nosotros, algo que satisficiera la pena de muerte bajo la cual, de otra forma, permaneceríamos prisioneros. Ese sacrificio tuvo que involucrar el derramamiento de sangre porque ahí es donde reside la vida.
Dios tuvo que suministrar un sacrificio de sangre que cubriera perfectamente la mancha de nuestro pecado. Él predijo Su solución el mismo día que Adán y Eva perdieron la comunión con Él: la semilla de la mujer (sin ser contaminada por la sangre de vida del hombre) heriría la cabeza de la serpiente.

Jesús, nacido de una virgen, sin la “genética pecaminosa” del hombre en Su sangre, fue la solución de Dios para resolver el problema del pecado una vez por todas. Su sangre fue ambas cosas: completamente humana y absolutamente desprovista de pecado.

Él fue la plenitud de Dios en forma humana, fue la perfecta semejanza e imagen de ambos. Como tal, Él pudo representar a nuestra raza humana como ninguna bestia pudiera hacerlo, y mientras Su sangre era vertida, la expiación definitiva se llevó a cabo para todos los tiempos. En  términos modernos, nuestra raza humana recibió una completa transfusión de sangre para librar a nuestros cuerpos de una enfermedad mortal.

Su trajo el “aliento de vida” proveniente de Su Padre, y fue perfectamente compatible con la sangre de la humanidad, excepto que no traía culpa, ni pecado.

Hace mucho, mucho tiempo, Dios les había dicho a Abel y a Caín que había una forma de vencer al pecado: el sacrificio de un cordero.
Cada cordero que fue sacrificado, desde Abel en adelante,  prefiguraba a Jesús, quien fue, como Juan el Bautista lo presentó, “el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

Ese título es el que se utiliza con más frecuencia en el Libro de Apocalipsis porque resume de mejor manera lo que Él hizo para redimir al mundo de la maldición del pecado y de la muerte. “El Cordero que fue inmolado digno es…”  será el coro de nuestra gratitud que resonará en el cielo (Apocalipsis 5:12-13).
Y aquí en la tierra, vencemos a esa maldición, así como a la serpiente antigua, por medio de “la sangre del Cordero” (Apocalipsis 12:10-11). Hoy, por lo tanto descanso en ese perdón.

Señor , Gracias por extender tu perdón inmenso hacia este pobre pecador. Por lo tanto quiero descansar en esa bendición. En el Nombre de Jesús.  Amén.

Dr. Daniel A. Brown.
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