Devocionales

Señor, creo; ayuda mi incredulidad

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Señor, creo; ayuda mi incredulidad. Tú me recibes con mis dudas.

E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo con lágrimas: Creo; ayuda mi incredulidad. — Marcos 9:24 — RVR1960

Señor, creo; ayuda mi incredulidad. Tú me recibes con mis dudas.

Hace unos meses, mi hija de siete años me hizo una pregunta que no supe responder de inmediato. Estábamos sentadas en la cocina, ella con un vaso de leche y yo con demasiadas preocupaciones dentro del pecho. «Mamá, ¿tú siempre le crees a Dios?», me dijo, mirándome con esos ojos grandes que todavía no aprenden a esconder nada.

Quise decirle que sí, que siempre, que mi fe era firme como una roca. Pero no habría sido verdad. Esa misma semana yo había estado orando entre lágrimas por algo que parecía no tener salida, y por dentro luchaba con una voz que me susurraba que quizá Dios no estaba escuchando.

Así que le dije la verdad. «A veces creo con todas mis fuerzas, mi amor. Y a veces creo, pero también tengo miedo y preguntas al mismo tiempo.»

Esa noche, ya sola, abrí mi Biblia y me encontré con aquel padre desesperado que le llevó su hijo a Jesús. Las palabras que gritó me atravesaron: «Creo; ayuda mi incredulidad.» No dijo «creo sin dudar». No fingió tener todo resuelto. Le entregó a Jesús las dos cosas al mismo tiempo: su poca fe y su mucho temor.

Y Jesús no lo reprendió. No le pidió que primero se sacudiera las dudas para después acercarse. Lo recibió tal como estaba, con las manos temblorosas y el corazón partido.

Comprendí entonces que la fe no es un examen que se aprueba o se reprueba. Es un lugar al que me acerco una y otra vez, incluso cuando llego cojeando. La duda honesta no me expulsa de la presencia de Dios; puede ser justamente la puerta por donde entro a buscarlo.

Al día siguiente le conté a mi hija lo que había leído. Ella lo entendió mejor que yo. «Entonces se le puede decir a Jesús que tenemos miedo, y Él igual nos quiere.» Sí, mi amor. Exactamente eso.

Desde entonces, cuando la incertidumbre me visita, ya no la escondo. La llevo conmigo a la oración y repito la frase de aquel padre. No como una derrota, sino como un comienzo. Porque cada vez que digo «ayuda mi incredulidad», descubro que Jesús ya venía en camino hacia mí.

Oración

Señor Jesús, vengo a Ti como aquel padre que no supo esconder su lucha. Creo en Ti, y también cargo dudas que no logro resolver sola. Gracias porque no me pides tenerlo todo claro antes de acercarme. Gracias porque me recibes con mis preguntas, con mi miedo y con mi fe pequeña, todo junto.

Ayuda mi incredulidad, Señor. Donde mi confianza flaquea, sostenme. Donde mi corazón tiembla, acércate. Enséñame que creer no es una meta que ya perdí por dudar, sino un lugar donde Tú sales a mi encuentro una y otra vez.

Cuando la incertidumbre me visite, que no huya de Ti, sino que corra hacia Ti con las manos abiertas. Recuérdame que Tú ya vienes en camino antes de que yo termine de pedir. Dame la valentía de ser honesta contigo, porque sé que en Tu presencia mis dudas están seguras.

Hoy descanso en que me amas incluso en mi vacilar. Gracias por encontrarme donde estoy. En Tu nombre, amén.

Para reflexionar

  • ¿En qué área de mi vida creo y dudo al mismo tiempo en este momento?
  • ¿Qué me impide llevarle a Dios mis preguntas sin fingir que ya las tengo resueltas?
  • ¿Recuerdo alguna vez en que Jesús me encontró justo en medio de mi incertidumbre?
  • Si la duda honesta puede ser una puerta y no un muro, ¿qué le quiero decir hoy a Jesús?
  • ¿Cómo cambiaría mi oración si dejara de esconderle a Dios mi temor?
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