Dios responde a los que le llaman de verdad
Cercano está Jehová a todos los que le invocan, a todos los que le invocan de veras. — Salmo 145:18 — RVR1960

Mi abuela tenía un teléfono viejo, de esos de disco, colgado en la pared de la cocina. De niña me encantaba marcar números al azar solo por oír el sonido del disco girando y volviendo. Un día, jugando, marqué el número de una tía que vivía lejos, sin querer de verdad hablar con ella. Cuando escuché su voz al otro lado —«¿Aló? ¿Quién habla?»—, me quedé muda, con el auricular temblando en la mano. Alguien había contestado. Alguien estaba ahí.
Me acordé de esa escena hace poco, en una época en que sentía que mis oraciones no llegaban a ningún lado. Oraba de noche, oraba manejando, oraba lavando los platos, y sentía como si dejara mensajes en un buzón que nunca se revisa. No dudaba de que Dios estuviera; dudaba de que me estuviera escuchando a mí, en mi voz pequeña, con mis palabras torpes.
Una madrugada me desperté con el corazón apretado y no supe ni qué pedir. Solo dije: «Aquí estoy otra vez. ¿Me oyes?». No hubo trueno, no hubo respuesta escrita en el techo. Pero volvió a mí aquel recuerdo del teléfono de la abuela, y con él una certeza tranquila: cuando llamamos de verdad, del otro lado siempre hay Alguien que contesta.
El salmo no dice que Dios responde solo a las oraciones perfectas ni a las que suenan bonitas. Dice que está cerca de todos los que le invocan, de los que le invocan de veras. Esa palabra, «de veras», me consoló más que cualquier emoción. Porque yo no siempre siento que me escuchan, pero sí lo llamo de verdad, con todo lo que soy, aunque tiemble.
Dios no revisa mensajes cuando le sobra el tiempo. Él contesta. Tal vez no con la voz que espero, ni en el momento que quiero, pero Su cercanía no depende de que yo la sienta vibrar en el pecho. Depende de Su promesa. Y aprendí a seguir llamando, no porque escuche un «aló» inmediato, sino porque sé que del otro lado nunca cuelgan.
Oración
Padre, gracias porque no eres un Dios distante que ignora mis llamadas. Muchas veces te hablo sintiendo que mis palabras se pierden, que nadie las recibe. Y hoy quiero creerte más a Ti que a mis sentimientos. Tú prometiste estar cerca de todos los que te invocan de verdad, y yo te invoco así, con lo poco y lo mucho que tengo. Perdóname cuando dejo de orar porque no siento respuesta. Enséñame a seguir llamándote en el silencio, confiando en que Tú siempre contestas, aunque no sea con la voz que espero. Acércate a mí, Señor, no porque yo lo merezca, sino porque lo prometiste. Cuando la noche esté apretada y no sepa ni qué pedir, recuérdame que basta con decir: aquí estoy. Gracias porque del otro lado nunca cuelgas, porque siempre estás oyendo, porque tu oído se inclina hacia mí. Sostén mi fe cuando mis emociones digan lo contrario. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Hay una oración que dejé de repetir porque sentí que no me escuchaban?
- ¿Qué significa para mí que Dios responde a quien lo llama ‘de veras’ y no solo con palabras perfectas?
- ¿Cuándo he confundido el silencio de Dios con Su ausencia?
- ¿Qué le diría hoy a Dios si supiera con certeza que me está escuchando?
- ¿En qué área de mi vida necesito seguir llamando, aunque todavía no vea respuesta?
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